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El día de los fieles difuntos

El día de los fieles difuntos

Por Omar Árcega E. |

La muerte  es una de las experiencias más radicales del ser humano: conocer y reconocer que la vida tiene un fin lleva a la pregunta por el sentido de la existencia. Por otro lado, la pérdida de un ser querido es un cimbrar nuestra emocionalidad. El dolor, la soledad que produce un fallecimiento son sentimientos intensos que trastocan nuestro espíritu. Recordar a nuestros ancestros es una actitud humana. La prueba es que en todas las culturas y en todos los tiempos ha existido una celebración dedicada a los que ya no comparten el mundo de los vivos.

La historia de la salvación no es ajena a esta vivencia humana, por ello la Iglesia  instituyó el día de los fieles difuntos. Pero, ¿cómo se instituyó?, ¿qué sentido tiene?

Un poco de historia

Ya en el Antiguo Testamento se hace referencia a ofrecer sacrificios por los muertos para librarlos de sus pecados (2Mac.12,46). En los primeros años del cristianismo se escribían los nombres de los que habían partido en una especie de libro hecho de dos tablas, llamado «La díptica», para orar por ellos. También se recordaba a los mártires en un día especial. San Agustín, en las Confesiones, menciona como su madre, santa Mónica, antes de morir le pide que no se olvide de orar por ella: «Solamente os pido esto: que donde os encontréis os acordeís de mí ante el altar del Señor». La siguiente noticia que tenemos viene de los primeros monasterios: en el siglo VI los benedictinos tenían una conmemoración de los miembros difuntos, en Pentecostés. En España, en el siglo VII,  60 días antes de Pascua, se recordaba a los cristianos fallecidos; mientras que en Alemania el día para conmemorarlos era el 1 de octubre. Hacia el 998, san Odilón, abad del monasterio de Clunny, instituye la «Fiesta de los muertos» al día siguiente de la celebración de «Todos santos».

Sentido cristiano del día de los fieles difuntos

El conmemorar este día nos hace recordar cuatro aspectos:

Lo primero es que nos hace renovar nuestra confianza en Cristo resucitado; es decir, en lo que es la espina dorsal de nuestra fe, pues si «Cristo no resucitó, vana es nuestra fe». El culto a los difuntos se convierte en el culto del misterio pascual de Cristo.

La segunda faceta es que se convierte en un recordarnos nuestra fragilidad. Pese a nuestra inteligencia y avances, no tenemos el control sobre los misterios de la naturaleza, mucho menos sobre los insondables destinos del Señor. Desde esta perspectiva nos invita a vivir la humildad cristiana. No está el hombre solo en el universo, depende radicalmente de su relación con Dios. Intentar desaparecer esta perspectiva es uno de los motivos de las fracturas morales y sociales del mundo actual.

El tercer aspecto es que somos   peregrinos. Vamos por el camino de la vida hacia un destino común: «ser ciudadanos del mundo».  La realidad de la muerte terrena se impone, pero este es un paso hacia la vida que impulsa y motiva  a los cristianos: la vida eterna. Esta creencia y gozo en la resurrección de la carne «significa reconocer que hay un fin último, una finalidad última para toda la vida humana». Da un sentido y esperanza al hecho natural de la muerte. No estamos arrojados a este mundo por azar y sin esperanza; muy al contrario, somos un acto de amor divino, tenemos que manifestarlo en nuestra vida cotidiana y, una vez que partamos de este mundo, retornaremos a nuestro creador pues, como menciona san Agustín: «Señor. nos hiciste para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti».

La cuarta esfera es el reafirmar que el hombre no es un ser para la muerte. Muy al contrario, a ejemplo de Cristo debemos ser individuos volcados a la vida, ser fermento  para dar a conocer la experiencia salvífica de Cristo resucitado. La muerte es consumación y advenimiento, es decir, el fin de nuestra estancia en la Tierra, pero el incio de nuestra existencia en la Gloria.

El quinto aspecto es ser puente de unión entre la Iglesia militante y nuestros antecesores en la fe, lo que se conoce como la Iglesia triunfante (los que ya gozan de la presencia de Dios) y la purgante (los que están preparándose para disfrutar de la presencia del Altísimo). En otras palabras, nos da un sentido de comunidad. Los cristianos no estamos solos ante las vicisitudes de esta Tierra: contamos con la oración continua de nuestros antecesores y, al mismo tiempo, nuestras plegarias suben a la Iglesia triunfante y ayudan a la Iglesia purgante.

Los files difuntos y el mundo actual

Conmemorar a los fieles difuntos es  creer en Cristo vivo y resucitado, es reavivar nuestro sentido de comunidad eclesial, y es, al mismo tiempo, testimonio de que somos peregrinos en este mundo, caminantes hacia la eternidad y gloria divinas. Como podemos ver, entre la conmemoración a los fieles difuntos y la pagana fiesta del Halloween hay un abismo. El primero festeja a la vida, al amor, la comunión, la esperanza; el segundo es un culto a lo diabólico, a lo perverso. Como seres abiertos al libre albedrío podemos decidir a cual de las dos fiestas darle realce. Ojalá que optemos por la que festina el amor y la esperanza.

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