Por Justo López Melús (+) |

Orar es ponerse a remojo en Dios. Y si uno se pone a remojo en Dios, bien y largamente, no hay «bacalao» que se resista. Pero hay que ponerse a remojo del todo sin que quede fuera parte alguna. A veces ofrecemos a Dios el corazón, pero no totalmente. Nos reservamos para nosotros algunas zonas que quedan sin evangelizar, y por eso esas zonas quedaron vulnerables, a merced del enemigo. Lo que no se asume, no se redime.

Es lo que le sucedió a Aquiles. Aquiles era hijo de Peleo y Tetis, en cuya boda la diosa Discordia, cumpliendo su misión, lanzó sobre la mesa del banquete «la célebre manzana», origen de envidias y de guerras. Para que Aquiles fuera invulnerable, mamá Tetis lo sumergió en la laguna Estigia, pero se olvidó de sumergirle el talón, que era por donde ella lo tenía agarrado. Y así Paris, en el cerco de Troya, le tiró una flecha envenenada, le hirió en el talón y lo mató. Era el punto flaco por no haberse puesto a remojo del todo.

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