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La Iglesia, madre feliz y no casa de alquiler

La Iglesia, madre feliz y no casa de alquiler

Por Mons. Mario De Gasperín Gasperín.

La invitación que hace Jesucristo a todos para participar en el banquete de bodas abrió la oportunidad para que se introdujera también quien no llevaba el traje de fiesta. Ese fue arrojado fuera. Pero la universalidad del llamado queda en pie. De oriente y de occidente vendrán invitados a la fiesta del Rey. Esta apertura distingue a la comunidad de discípulos de Jesucristo, y en ella encuentran preferencia los pecadores. La Iglesia no es club de selectos sino fraternidad de imperfectos que quieren ser mejores. La síntesis del Papa Francisco es contundente: «En la Iglesia somos pecadores pero no corruptos». Bienvenidos los pecadores, fuera los corruptos.

Esta fue la práctica eclesial desde los comienzos. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, tenemos una «tipología» elemental de esta realidad entre los primeros llamados. Está el ejemplar levita Bernabé que vende todo lo que tiene y lo entrega con generosidad al servicio del Evangelio. Aparece el mago Simón, que quiere comprar al Espíritu Santo para poder hacer milagros. Está también el matrimonio de Ananías y Safira, quienes aparentan generosidad para sacar ventaja y encuentran la muerte. Así otros casos más. La apertura entraña riesgos, pero aporta riqueza. La comunidad cuenta con la guía del Espíritu que conoce los corazones, discierne y da el veredicto final: «Ninguno de esos era de los nuestros», dirá san Juan. Se es cristiano sólo de corazón.

Comentando estos episodios en una de sus homilías matinales, el Papa Francisco propone su tipología eclesial. Nos habla de tres grupos de personas que pretenden pasar por cristianas, pero que no lo son. Se refiere a los falsos cristianos que existen en la Iglesia. Son los uniformistas, los alternativistas y los ventajistas. Comenta así su descriptivo lenguaje papal.

Los uniformistas son «aquellos que quieren que todos sean iguales dentro de la Iglesia». No se trata de igualdad en dignidad, sino en rigidez. Quieren uniformar a todos conforme a sus patrones de conducta y a sus prácticas religiosas. Para esos sólo su movimiento vale, su asociación cuenta y su santo o su padrecito merece. Confunden la familia de Dios con un club de iniciados. Concluye el Papa: Esos «no tienen la libertad que da el Espíritu Santo».

Los alternativistas conforman esa categoría de cristianos que dicen pertenecer a la Iglesia pero con condiciones. Nunca le dan su plena adhesión. Ellos siempre tienen una propuesta mejor. Su alternativa. Presumen de intelectuales pero están altamente ideologizados. Aparecen en los medios o en los foros de opinión y, desde su cátedra de fuego y humo, juzgan, condenan y absuelven según su leal saber y entender, o el de su jefe. Sólo se oyen a sí mismos y a su grupo.

Los ventajistas son quienes utilizan el nombre de cristiano o católico por las posibles ventajas que de ello se puedan derivar. «Terminan haciendo negocio con la Iglesia», dice el Papa. Son especuladores religiosos. Calculan su adhesión o cercanía a la Iglesia por las ventajas que pueden lograr, sean sociales, políticas, económicas o familiares. El popular término «compadrazgo» describe con bastante exactitud esta situación: El cacique se ofrece como padrino y así consigue el apoyo o el voto de compadres y ahijados.

Lo común de estos grupos, dice el Papa, es que «ninguno de ellos está de corazón dentro de la Iglesia. Están con un pie dentro y otro fuera». Se equivocan. La Iglesia no es una casa para alquilar sino una familia y una madre feliz de hijos a quienes brinda vida y calor de hogar.

 


 

Este artículo se publica en la edición impresa de El Observador del 3 de julio de 2014 No. 991

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