Por Jaime Septién.

En los medios, el Sínodo extraordinario sobre la familia que se celebra en El Vaticano por estos días, ha aparecido éste como una revolución, como una guerra civil que enfrenta a los “buenos” (los partidarios del Papa Francisco) y los “malos” (los dogmáticos). Como casi siempre pasa, por simplificar se acaba mutilando la realidad. Y la realidad es que no existen tales bandos. No es una película de indios y vaqueros. La Iglesia ha mostrado que tiene todas las posibilidades –y las ganas—de reformar lo contingente. De discutir sin reservas, los temas discutibles. Pero desde ahora se adelanta una cuestión: que no va a cambiar en lo esencial.

Quienes tanto la critican como “retrógrada” entienden muy poco de su origen y carácter sobrenatural. Ven a los seres humanos que la componemos. Y ven nuestra miseria, la flaqueza que nos abruma, el barro mal cocido del que andamos hechos. Si fuera por nosotros hace dos mil años ya se hubiera perdido el legado cristiano. Y la civilización, hace tiempo, habría desaparecido. Pero es Dios el que actúa misteriosamente en la Iglesia. Al hacerlo, actúa, también misteriosamente, en la historia.

El Papa es fiel al magisterio y fiel a los principios fundamentales de la gran maestra en humanidad que es la Iglesia. Sabe que sin ella los hombres –aún aquellos que la aborrecen— estaríamos perdidos, sin brújula, sin norte, sin horizonte. Como “el hombre acabado” de Papini, viviríamos siempre al acecho de los demás, para, en el momento oportuno, vengar en ellos la decepción de ser que nos corroe las entrañas.

A mí no me preocupan los cambios. Lo que me preocupa es que haya muchos que los estén esperando para convertir su corazón. El cambio y la conversión comienzan desde dentro. Son nuestros.


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