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Monseñor Franco Coppola: De la tranquilidad de un seminario a las zonas de conflicto

Monseñor Franco Coppola: De la tranquilidad de un seminario a las zonas de conflicto

Entrevista exclusiva 1 de 3 / Por Ana Paula Morales – Twitter @apmorales |

El 28 de septiembre de 2016 llegó a México, enviado desde el Vaticano, monseñor Franco Coppola como el nuevo Nuncio Apostólico. Pero ¿Quién es nuestro Nuncio? Nació el 31 de marzo de 1957 en Maglie, Provincia de Lecce, Italia. Es hijo primogénito de una pequeña familia de dos hijos. A través de tres reportajes conoceremos más sobre su vida y su ministerio. En esta primera entrega, monseñor nos abre su corazón para contarnos la historia de su vocación, inspirada en su tío sacerdote, su llegada al Vaticano y su paso por tierras africanas en conflicto.

Su vocación

«Gracias a su cercanía y ejemplo, me vino el gusto de ser sacerdote. Era una persona muy alegre, lleno de Dios. Nunca lo he visto enojado, ni preocupado. Siempre irradia mucha paz, tranquilidad, serenidad. Es una persona que trabaja mucho con los jóvenes.

«En Italia, se dan clases de religión en las escuelas. Él era profesor de esta asignatura. Era ahí donde tenía mayor contacto con los muchachos; les organizaba peregrinaciones, excursiones. Hacía muchas cosas para ellos. Su vida me pareció muy atractiva, por eso pedí entrar en el seminario.

«El obispo me pidió irme a Roma, ahí comencé el seminario romano a la edad de 18 años. Estudié dos años de filosofía, tres de teología, el diaconado y después la ordenación sacerdotal. Y fui ordenado el 12 de septiembre de 1981 a los 24 años.

«El rector del seminario pidió al obispo que si me podía quedar en el seminario como formador. Me quedé cinco años, en los que estudié la licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Gregoriana. Después de este tiempo volví a mi diócesis, donde fui vicario. Tener este cargo en Italia es estar sobre todo al servicio de los jóvenes, de los niños y muchachos de la catequesis.

 El comienzo en la diplomacia Vaticana

«Estaba muy feliz y contento hasta que recibí una carta, por medio de mi obispo. Esta carta provenía de un cardenal que me pedía que me pusiera al servicio del cuerpo diplomático de la Santa Sede. El cardenal y yo no nos conocíamos. Pero es algo normal, algo que hacen con los egresados del seminario de Roma, y luego escriben a los obispos de las diócesis donde se encuentra el sacerdote para solicitar este servicio.

«Mi obispo, me dijo: ‘Franco, yo necesito el apoyo de este cardenal. Tú di, sí.’ Así que me fui a Roma para estudiar otros cuatro años para prepararme para esta vida.

«Empecé mi carrera en el cuerpo diplomático en 1993. Estuve en varios países: Líbano, Burundi (durante la guerra civil como secretario de la Nunciatura), Colombia, Polonia; estuve después, de 2002 a 2009, en Roma como encargado de las Relaciones con Medio Oriente.

«En 2009 me nombraron Nuncio en Burundi, en 2014 en República Central Africana y el Chad, y de manera inesperada el año pasado fui nombrado Nuncio en México».

Le preguntamos qué diferencia hay entre estar aquí y estar en países en conflicto, a lo que responde con una sonrisa: «Es simplemente que duermo tranquilo».

Entre balas y bombas en Burundi

«Mi segunda misión fue como secretario de la Nunciatura en Burundi, en el año de 1995. En plena guerra civil, un gran conflicto armado y sangriento originado por los conflictos étnicos entre hutus y tutsis. Burundi está en África. Es vecino de Ruanda, otro país que vive el mismo conflicto.

«El Nuncio tenía el sueño muy ligero, la guerra había llegado hasta la capital, entonces había fuego y bombas durante la noche. Él se despertaba para la misa en la mañana y siempre tenía los ojos muy rojos porque no había podido dormir. Yo, sin embargo, estaba muy tranquilo y relajado. Yo sólo toco la cama, y me duermo. Pueden hacer lo que quieran fuera. Es muy importante tener muy buen sueño, para poder seguir trabajando durante el día.

«Todas las experiencias en países en conflicto han sido muy complicadas, pero al mismo tiempo hubo otras  muy lindas y bellas.

«En Burundi, fue la primera vez que me encontré en una situación de guerra. En Italia jamás pasa este tipo de conflictos: tenemos asesinatos, pero no son todos los días.

«Ahora me enfrentaba a esta realidad. Durante el tiempo que estuve, fueron asesinados tres misioneros. Yo fui llamado para reconocerlos, no había nadie quien los conociera. Fue asesinado el arzobispo de Burundi. Después de que yo me fui de esa tierra, también fue asesinado el Nuncio.  Fue una realidad muy cruda para la Iglesia.

 El conflicto entre etnias

«Burundi, es el país más cristiano y católico de África.  Había este conflicto entre etnias. Era una lucha de poder entre ellas. Es muy parecido al conflicto de Ruanda, la diferencia es que hubo más muertos allí que en Burundi.

«Los tutsis estaban al poder y la mayoría estaba excluida del poder y se reveló. En una semana mataron a 50 mil personas.

«A pesar de la miseria humana, pude ver cómo la misericordia y el perdón de Dios siguen obrando en las personas a través de una muchacha de 13 años.

«Yo me quedaré siempre con el recuerdo de una muchacha de 13 años que la nunciatura ayudó, como a muchos huérfanos.

«Alguien había indicado que se le diera ayuda a esta muchacha para que siguiera completando sus estudios, porque al principio de la guerra la otra etnia diferente de la suya había exterminado completamente a su familia. Ella había sido la única que había sobrevivido. Nosotros la ayudamos a seguir sus estudios. Después de un año, las autoridades alcanzaron a poner en la prisión a los que habían matado a su familia.

«Ella empezó a ir todos los sábados a la prisión a llevarles algo de comer a los asesinos de su familia. Pues ella, decía, había aprendido de Jesús en los Evangelios que hay que amar a los enemigos. No puedo decirme cristiana si no amo a los que han matado a mi familia.

«Las condiciones de la prisión eran muy malas. El estado no daba ni para comer a los presos. Eran los familiares quienes tenían que ocuparse de los víveres de los internos. Entonces era muy útil que se les llevara algo de alimento. Ella gozaba y compartía lo que tenía. La Nunciatura le daba lo necesario para que pagara sus estudios para vivir un poco. Ella compartía lo poco que tenía a los que habían matado a su familia.

«Pude encontrar situaciones internas muy violentas y muy terribles donde el mal había tomado posesión de las personas que no veían más con los ojos, sino que veían a los otros como demonios. Al mismo tiempo pude encontrar cómo el Evangelio sale a penetrar en el corazón de las personas y hacer brotar estas flores».

Continuará…

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