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El paraíso no es un jardín encantado, sino el abrazo eterno con Dios

El paraíso no es un jardín encantado, sino el abrazo eterno con Dios

El Papa Francisco hoy recordó que el paraíso, “es la meta de nuestra existencia”: “No es un cuento de hadas, ni un jardín encantado. El Paraíso es el abrazo con Dios, Amor infinito, y entramos en él gracias a Jesús” quien “quiere llevarnos allá con el poco o mucho bien que haya habido en nuestra vida, para que nada de lo que él ya había redimido se pierda.  Y a la casa del Padre también llevará también todo aquellos que aún debe ser rescatado en nosotros: las faltas y las equivocaciones de una vida entera.”

“El paraíso, el objetivo de nuestra esperanza” fue el tema del cual Francisco habló a las 30,000 personas presentes en la Plaza de San Pedro para la audiencia general, siendo ésta la última dedicada al tema de la esperanza. Concluyó la misma reflexionando sobre el paraíso, que en el saludo de los árabes es definido como “el don que Dios nos ofrece no por nuestros méritos, sino por la inmensidad de Su misericordia y de Su amor infinito”.

“Paraiso – dijo Francisco – es una de las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la cruz, dirigidas al buen ladrón. Detengámonos un momento en esta escena. En la cruz, Jesús no está sólo. Junto a Él, a la derecha y a la izquierda, hay dos malhechores.”

Uno es “un reo confeso, uno que reconoce haber merecido aquel terrible suplicio. Lo llamamos el “buen ladrón”, el cual, oponiéndose al otro, dice: nosotros recibimos lo que hemos merecido por nuestras acciones (Cfr. Lc 23,41). En el Calvario, ese viernes trágico y santo, Jesús llega al extremo de su encarnación, de su solidaridad con nosotros, los pecadores.” “Es la única vez que la palabra “paraíso” aparece en los evangelios. Jesús lo promete a un “pobre diablo” que en la madera de la cruz ha tenido la valentía de dirigirle el más humilde de los pedidos: «Acuérdate de mí cuando llegues en tu Reino» (Lc 23,42). No tenía obras de bien para hacer valer, no tenía nada, pero se encomienda a Jesús, a quien reconoce como alguien que es inocente, bueno, tan distinto a él (v. 41). Esta palabra de humilde arrepentimiento fue suficiente para conmover el corazón de Jesús.”

“El buen ladrón nos recuerda nuestra verdadera condición ante Dios: que nosotros somos sus hijos, que Él siente compasión por nosotros, que Él se derrumba cada vez que le manifestamos la nostalgia de su amor. En las habitaciones de tantos hospitales o en las celdas de las prisiones, este milagro se repite numerosas veces: no existe una persona, no importa cuán mal haya vivido, a la que sólo le quede la desesperación y le sea prohibida la gracia. Ante Dios, nos presentamos todos con las manos vacías, un poco como el publicano de la parábola que se había detenido a orar al final del templo (Cfr. Lc 18,13). Y cada vez que un hombre, haciendo el último examen de conciencia de su vida, descubre que las faltas superan largamente las obras de bien, no debe desanimarse, sino confiar en la misericordia de Dios. ¡Y esto nos da esperanza, esto nos abre el corazón! Dios es Padre, y hasta el último instante espera nuestro regreso. Y al hijo prodigo que ha regresado, que comienza a confesar sus culpas, el padre le cierra la boca con un abrazo (Cfr. Lc 15,20).”

“El paraíso no es un lugar de fábula, ni mucho menos un jardín encantado. El paraíso es el abrazo con Dios, Amor infinito, y entramos en él gracias a Jesús, que ha muerto en la cruz por nosotros. Donde esta Jesús, hay misericordia y felicidad; sin Él, hay frio y tinieblas. A la hora de la muerte, el cristiano le repite a Jesús: “Acuérdate de mí”. Y aún si nadie se acordara de nosotros, Jesús está ahí, junto a nosotros. Quiere llevarnos al lugar más bello que existe. Quiere llevarnos allá con el poco o mucho bien que haya habido en nuestra vida, para que nada de lo que Él ya había redimido se pierda. Y a la casa del Padre llevará también todo aquello que aún debe ser rescatado en nosotros: las faltas y las equivocaciones de una vida entera. Es esta la meta de nuestra existencia: que todo se cumpla, y sea transformado en el amor. Si creemos en esto, la muerte deja de darnos miedo, y podemos incluso esperar partir de este mundo de manera serena, con mucha confianza. Quien ha conocido a Jesús, ya no teme más nada. Y entonces, podremos repetir, también nosotros, las palabras del viejo Simeón, que también fue bendecido con el encuentro con Cristo, después de una vida entera consumida en la espera: «Ahora, oh Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu salvación, como lo has prometido» (Lc 2,29-30).”

“Y en ese instante, finalmente, no tendremos más necesidad de nada, no veremos más de manera confusa. No lloraremos más inútilmente, porque todo es pasado; incluso las profecías, incluso el conocimiento. Pero el amor no, eso permanece. Porque «el amor no pasará jamás» (Cfr. 1 Cor 13,8).”

Por último, al saludar a los italianos, hizo una invitación a rezar el Rosario. “A fines de octubre, me gustaría recomendar la oración del Santo Rosario. Que esta oración mariana sea para ustedes, queridos jóvenes, una oportunidad para penetrar más profundamente en el misterio de Cristo que obra en su vida; amen el Rosario, queridos enfermos, para darle consuelo y sentido a sus sufrimientos. Que éste se vuelva para ustedes, queridas flamantes esposas, en una ocasión privilegiada para experimentar esa intimidad espiritual con Dios, que funda una nueva familia”.

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