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Ortodoxia y ortopraxis

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Malaquías es un profeta de la época postexílica, o sea, después de que a finales del siglo VI a.C. el pueblo judío que se hallaba en Babilionia retornara a Jerusalén. Su labor se concentró en cuestionar la política de los exiliados que comenzaron a expropiar a la gente que habitaba las tierras de Palestina y que llevaba allí más de medio siglo. La mayor parte de los exiliados estaban más preocupados por hacer fortuna y ocupar la mayor parte de tierra posible, que por reedificar los fundamentos éticos, sociales y fraternos del nuevo Israel.

Por su parte, los habitantes de la provincia de Judá, Galilea y Samaría se vieron sacudidos por una ola de agresivos repatriados que, disponiendo de cuantiosos capitales, pretendían apoderarse de la tierra tratando a la gente del país como extranjeros. Esta situación echó por tierra la esperanza de muchos profetas que esperaban que Israel hubiera cambiado su proceder después del exilio. Lo peor de todo era que esta manera abusiva y violenta de proceder era liderada por un grupo de levitas que se consideraban los propietarios de la auténtica religión de Israel.

El profeta Malaqu√≠as es muy directo en sus denuncias. Utiliza el mismo lenguaje ampuloso y rimbombante de las celebraciones lit√ļrgicas para denunciar las arbitrariedades de la casta sacerdotal que se aprovecha de la ignorancia de la gente humilde de la provincia para cometer toda clase de atropellos. Lo peor de todo es que los que se presentan como baluartes de la Ley, no tengan ni el m√°s m√≠nimo sentido de justicia. No respetar el derecho de los pobres es violar la alianza del Se√Īor, y √©sta es una ofensa m√°s grave que cualquier infracci√≥n ritual o disciplinaria.

La ense√Īanza de¬†Jes√ļs¬†se orienta en esta misma direcci√≥n y pone en jaque las pretensiones de tantas personas que preocup√°ndose por la ortodoxia descuidan los principios elementales de la justicia.

La catequesis se ha preocupado durante muchos siglos por transmitir la doctrina correcta, y por que la gente muriera como ¬ęhijos fieles de la Iglesia¬Ľ. Saber el catecismo, a poder ser de memoria, era muy importante. No apartarse lo m√°s m√≠nimo de ¬ęla fe de la Iglesia¬Ľ, era pr√°cticamente lo m√°s valorado. Este inter√©s catequ√©tico es legitimo, pero es necesario preguntar: la catequesis que se preocup√≥ tanto por la ¬ędoctrina correcta¬Ľ, la llamada ¬ęortodoxia¬Ľ, se preocup√≥ igualmente por la pr√°ctica correcta, la llamada ¬ęortopraxis¬Ľ?

El evangelio de Mateo es directo y tajante. Nos pide aceptar la ortodoxia pero siempre y cuando esté basada y fundamentada en la ortopraxis, es decir, en la práctica de la justicia. Pues, anunciar las doctrinas correctas, que todo el mundo acepta, es muy fácil. Lo difícil es practicarlas. Por eso, urge más revisar nuestras prácticas catequéticas que los sistemas doctrinales.

Durante mucho tiempo nuestra catequesis se limitó, en gran parte, a memorizar preceptos, doctrinas y fórmulas. El evangelio nos pide que, sin olvidar todo esto, nos preocupemos de realizar lo que ellas proponen. Lo fundamental de toda la doctrina cristiana, contenida en el evangelio, es la práctica comunitaria de la caridad expresada en una exigencia irrevocable de justicia. La comunidad cristiana existe para enunciar buenas noticias a la humanidad. Se convierte ella misma en buena noticia cuando transforma las realidades de muerte en caminos hacia la vida en abundancia y no cuando se anuncia a sí misma.

Por esta raz√≥n, la catequesis no puede convertirse en una transmisi√≥n individual de contenidos religiosos, sino en una pr√°ctica pedag√≥gica comunitaria. La comunidad s√≥lo puede ense√Īar y aprender con el ejemplo y la participaci√≥n de todos sus integrantes, sin distinci√≥n de sexo, edad u oficio ministerial. Pues, mientras se trate de practicar y ense√Īar la justicia nadie est√° eximido de ser catequista y nadie est√° excluido de ser catec√ļmeno.

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