Por Juan Gaitán

Tres jóvenes, sonrientes, caminaban con un San Judas bajo el brazo cada uno. ¿A qué vienen este 28 de octubre a la iglesia? “Pues a agradecer que tenemos chamba”, respondieron. Cuentan, además, que aprendieron esta devoción “en el barrio”.

El pasado lunes, miles de fieles se acercaron, como cada año, al tempo de San Hipólito, ubicado en la esquina de Avenida Hidalgo con Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. Ya en las calles cercanas se podían observar los puestos con imágenes de San Judas, escapularios, rosarios, crucifijos con “la oración del chofer” por un lado y un rostro de San Judas por el otro, estampas “de a cooperación”, así como fieles regalando comida, velas, imágenes, dulces…

A primera vista, muchos podrían pensar que este fenómeno es una congregación de “gente ignorante”, un festejo para las masas, pero al acercarse a conversar con cada familia devota, cada matrimonio peregrino, uno se da cuenta de que, como dice el Documento de Aparecida acerca de la piedad popular, esta devoción “penetra delicadamente la existencia personal de cada fiel, y aunque también se vive en una multitud, no es una ‘espiritualidad de masas’.” (n. 261)

No faltan los vecinos que, bajo la coordinación de algún joven entusiasta, año con año se organizan para mandar imprimir playeras y asistir al templo, cargando una gran imagen del santo, y cerrar el festejo con el esperado “huateque”. Son verdaderas comunidades que se reúnen para celebrar la fe, expresando su “intenso sentido de la trascendencia, una capacidad espontánea de apoyarse en Dios y una verdadera experiencia de amor teologal.” (DA, n. 263)

Los fieles asisten al templo de San Hipólito, “la casa grande de San Juditas”, una vez al año, otros cada mes, para agradecer los favores recibidos. Muchos de ellos se comprometen con mandas, como puede ser el vestirse de San Judas para la peregrinación.

Ver a los niños vestidos de San Judas no solamente causa ternura, sino que da esperanza. Los devotos que participan en estos actos de piedad popular realizan una forma concreta de ser misioneros, especialmente de parte de quienes invitan a otras personas o llevan a sus hijos. (Cfr. DA, n. 264)

Benedicto XVI, en su Discurso Inaugural a la Asamblea de Aparecida, dijo que la piedad popular es “el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina”. Si bien es cierto que también esta fiesta nos revela que hace falta catequesis en las comunidades para precisar el sentido de las devociones, y que muchos de ellos no se acercan necesariamente con una actitud de conversión, no se puede negar que la devoción a San Judas Tadeo es un precioso tesoro de la Iglesia católica en México.

No hay que olvidar que esta piedad popular es “imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda.” (DA, n. 262) ¡Qué espacio tan privilegiado para la evangelización resulta esta fiesta de San Judas Tadeo, apóstol del Señor, en el que miles y miles de personas se acercan al templo y participan en la Eucaristía!