Vivía sin límites y portaba un arma, pero hoy es Sor Julieta, religiosa de la Congregación de las Hermanas Marcelinas

Por Jesús V. Picón

María Julieta Ávila Pérez nació en Xalapa, Veracruz. Tiene 38 años de edad, y 23 de ellos los ha vivido dentro de una congregación religiosa fundada bajo la protección y modelo de santa Marcelina, quien vivió en el siglo IV y fue hermana y educadora de los santos Ambrosio y Sátiro.

En casa ella era la tercera de un total de 9 hermanos. Su papá tenía problemas con el alcohol, pero era un hombre trabajador y amigable, mientras que su mamá, una mujer de fe, proveniente de una familia muy humilde, supo sacar a sus hijos adelante.

Al ser una de las hermanas mayores, a Julieta le tocó hacerla de mamá y esas responsabilidades de adulto, a temprana edad, provocaron en ella cierta rebeldía. Al mismo tiempo, era una niña y adolescente con iniciativa a la que le gustaba estudiar y estar rodeada de amigos. La suya era una vida sin límites: “Tenía ideas y las llevaba a cabo; si quería irme de pinta, me iba de pinta; si quería hacer travesuras, las hacía; no medía realmente, no tenía límites, y eso era peligroso. Mi mamá me decía: ‘Oye, tú no te pones un tope y eso te puede llevar a consecuencias terribles’”.

Malas compañías

Aún no tenía 15 años y ya estaba involucrada con una banda de jóvenes que eran todo, menos un buen ejemplo, pues robaban, portaban armas, vendían drogas y participaban en peleas callejeras. Incluso Julieta llevaba consigo un arma blanca para defenderse. Se volvió cómplice; la rebeldía la alcanzó y escuchaba poco. Su madre, angustiada por la situación, le hizo ver a Julieta que ya tenía que poner un alto a la vida que estaba llevando, y la adolescente se esforzó por limitar sus participaciones con las malas amistades.

“Yo quería algo bueno, pero en realidad no lo encontraba donde me estaba desenvolviendo. Muchos de mis amigos actualmente están muertos, asesinados por el narcotráfico; otros están metidos en drogas”.

El llamado

Cuando termina la secundaria y hace el examen de admisión para entrar a la prepa, estando en Banderilla, Veracruz, la visitó una amiga y le dijo: “¿Sabes qué?, vengo de visitar un convento; tú también podrías, pues es para todos; tú puedes ir a hacer una experiencia’.

A lo que Julieta respondió: “No, a mí no me cae, no me gusta, no quiero ser eso; yo blasfemé contra los sacerdotes, contra la Iglesia, contra todo. Yo dejé de creer en Cristo, dejé de creer en la Eucaristía”.

Pero Dios habría de llegar a la vida de Julieta, desarmándola por completo. Un día cayó una granizada tan fuerte, que destruyó la casa de sus padres. Ella los vio arrodillados pidiendo a Dios clemencia y eso le bastó para dirigirse a la capilla más cercana a “exigir” signos para poder creer. “Le dije que no iba a creer en Él hasta que me diera signos. Y entonces resulta que me llega esa invitación a este convento, del que hablaba esta amiga”.

A partir de entonces, a pesar de que Julieta intentaba seguir rechazando la fe y a los sacerdotes, empezó a sentir la necesidad de Dios.

“Resulta que, no sé por qué, una mañana me levanté, fui con mi mamá a su trabajo, toqué la puerta y le dije: ‘¡Mamá, quiero que me ayudes; quiero buscar un convento y quiero hacer una experiencia!”.

Con el apoyo de sus padres logró irse con las hermanas Marcelinas en la Ciudad de México. Estando con las hermanas, Julieta fue admitida en la preparatoria, pero, al llegar el último día de aquella semana, Sor Antonia Contaldo, que era la superiora de la comunidad, le dijo: “Tienes vocación”. Ante estas palabras tomó la decisión de estar un año con ellas. Poco después la enviaron a la ciudad de Querétaro, a estudiar la preparatoria en el Colegio de las Marcelinas.

Terminada la preparatoria Julieta entró en una crisis, se preguntaba si ese era realmente ese su camino. Y finalmente, después de distintas experiencias de discernimiento y servicio en México y en el extranjero, el 24 de agosto de 2013, hizo sus votos perpetuos en la Catedral de Santiago de Querétaro, en una celebración eucarística presidida por el obispo don Faustino Armendáriz para convertirse en sor Julieta.

Desde entonces sor Julieta, asentada en Querétaro, se ha dedicado a rescatar víctimas de trata de blanca, a trabajar de cerca con jóvenes de bajos recursos que viven zonas peligrosas y a prepararse profesionalmente “para fomentar la educación, formar personas, para así sacar lo mejor, lo bello, lo verdadero y lo bueno de cada uno”.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de junio de 2021 No. 1355