Por Felipe Monroy, Director Vida Nueva México
“Ojalá el nuevo Papa, de entrada, sea menos Papa, que sea ante todo obispo de Roma y lazo de unión con todas las Iglesias del mundo”, ese era el deseo del sacerdote escolapio Eduardo Bonnin Barceló en el diálogo organizado por Vida Nueva México que sostuvimos en el 2013 junto al filósofo Gerardo Martínez Cristerna un par de semanas antes del inicio del cónclave que eligió a Jorge Mario Bergoglio como sumo pontífice.
La procedencia latinoamericana del Papa así como sus primeros gestos frente al balcón en aquella tarde noche del 13 de marzo parecieron cumplir con creces las expectativas de este erudito sacerdote y que no eran sino resonancia de lo que muchos católicos del mundo esperaban; con la elección de Francisco es obvio que los cardenales guardaban el mismo sentimiento.
No obstante, al paso de los primeros días del pontificado creció un fenómeno inesperado: el avasallamiento mediático y comercial del Papa. El carácter de Bergoglio en la silla pontificia ha sido noticia prácticamente cada día desde entonces, todos los periodistas que cubren la Santa Sede me han dicho algo que ya es cliché: “cada palabra de Francisco es todo un titular periodístico”. Debido a este fenómeno hay quienes con mezquindad quieren hacer contrastes con los anteriores pontífices aún en donde siempre ha habido coincidencias; esto ha sido injusto en la mayoría de las veces y en otras, la intención ha sido francamente innoble: Francisco vende, y hay que saber venderse aprovechando su imagen.
Sin embargo, entre católicos también hay actitudes que no aportan mucho respecto a este fenómeno. Se trata de los ‘repetidores’ (el término me lo dijo un arzobispo mexicano); fieles de buena voluntad que han abandonado la audacia y la creatividad que les exige su propia realidad al repetir al Papa exclusivamente. Esto lo confirma Paul Tighe, secretario del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, quien declaró en agosto pasado, que Francisco era el “líder de las redes sociales y el más retuiteado del mundo”.
Aunque esto ha causado mucha alegría y satisfacción, parece advertirse ya un riesgo de idealización personal, tema que traicionaría las grandes expectativas que se tienen de la Iglesia católica: de ser voz junto a las voces del mundo, de hacerse cultura en cada región del planeta y de compartir en lo local los valores universales de su creencia; de ser comunidad, vaya, y no una secta de entusiastas.
Parte del éxito de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium es la valoración que desde ella se hace al trabajo eclesial en el orbe, del reconocimiento de la creatividad y los retos de la vida concreta de cada Iglesia particular. Si bien es un acierto que Aparecida y los trabajos del episcopado latinoamericano estén en el programa del papa Francisco, es un error que aquellos deban estar en el programa de toda la Iglesia universal.
El pontífice siempre ha sido un referente, esto no está en duda; pero los protagonistas de la vida de la Iglesia son los miembros de la misma, junto con él, los laicos, las religiosas, los sacerdotes y los obispos tienen la gran responsabilidad de construir paz, crear cultura y compartir misericordia, no basta ser ‘repetidores’ o ‘retuiteadores’. Incluso el Papa Bergoglio ha dicho que se siente incómodo con tal idealización: “me resulta ofensivo”, declaró recientemente a Il Corriere della Sera. @monroyfelipe