Por P. Fernando Pascual
La fe implica decir “sí”, a nivel personal y a nivel comunitario. Es una de las ideas que aparece en el Catecismo de la Iglesia Católica, y que sirve para ilustrar la riqueza del acto de fe.
¿A qué decimos sí? A un Dios que nos manifiesta su Amor. A una Trinidad que desvela su misterio. A un Hijo del Padre que se hace Hombre para salvarnos. A una Iglesia que nace del costado de Cristo y del Espíritu Santo.
El sí de la fe es posible desde un conocimiento de verdades que se nos ofrecen. El sí, ciertamente, surge de un acto de libertad, pero implica antes una comprensión de contenidos.
Porque creo, porque creemos en Dios y en la verdad revelada, hace falta un esfuerzo por conocer mejor nuestra fe católica.
Ello implica un momento de estudio, de escucha, para abrirnos a lo que Dios nos ha dicho en su Palabra, recogida en las dos grandes fuentes de la Revelación: la Biblia y la Tradición.
Al convocar un Año de la fe, el Papa Benedicto XVI subrayaba la importancia de conocer los contenidos de la fe, sobre todo con la ayuda de uno de los grandes textos elaborados durante el pontificado de Juan Pablo II: el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. Benedicto XVI, carta apostólica en forma de Motu proprio Porta fidei, 11 de octubre de 2011, n. 10).
La fe conocida, a nivel personal y como parte de la Iglesia, es profesada “con la boca” y se convierte luego en vida, en testimonio. El texto antes citado lo explica con estas palabras:
“Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él. Y este estar con Él nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree” (Porta fidei, n. 10).
Tenemos siempre una tarea en nuestro camino cristiano: comprender qué creemos y por qué creemos. Gracias a un mejor conocimiento de nuestra fe, podremos testimoniarla y ofrecer una buena respuesta a quienes entren en contacto con nosotros y nos pidan la razón de nuestra esperanza (cf. 1Pe 3,15).