Por P. Fernando Pascual
Sobre el tema se ha escrito abundantemente: hay relatos que no coinciden con los hechos. Por eso, quienes leen o escuchan un relato pueden quedar atrapados en mentiras o errores.
Una película de don Camilo ilustra este tema de modo simpático. Peppone, el alcalde comunista, narra un acontecimiento ocurrido durante la guerra en el que estuvo implicado don Camilo, el simpático sacerdote imaginado por Giovannino Guareschi.
En su relato, Peppone tergiversa, manipula, inventa, imagina los hechos, de un modo que va totalmente en contra de los hechos. En la película, esto se hace evidente de un modo visivo: Peppone cuenta, por ejemplo, cómo don Camilo corría lleno de miedo por un descampado; al mismo tiempo, se presentan imágenes que muestran cómo el cobarde era Peppone mientras que don Camilo actuaba con un valentía sorprendente.
Lo que visualiza la película se hace realidad en miles de narraciones históricas, que ofrecen relatos que, muchas veces, no coinciden con los hechos, si es que no van totalmente en contra de lo ocurrido en el pasado.
Así, un relato acusa al gobierno de un país de organizar un sabotaje para provocar a un país vecino, cuando en realidad fue el país supuestamente agredido quien empezó las hostilidades con una emboscada.
Otros relatos ofrecen verdades a medias. Por ejemplo, cuando presentan, con lujo de detalles, las enormes atrocidades de un bando de una guerra civil, y silencian de modo sistemático las atrocidades del otro bando.
Los relatos, por desgracia, suelen ser promovidos, o incluso controlados, como tantas veces se ha dicho, por los “vencedores”, que luego tienen un poder enorme para construir historias que les presenten como buenos y denigren a los adversarios derrotados.
Los hechos, sin embargo, son tozudos, y ningún relato falso puede cambiarlos: si un terrorista de derechas (o de izquierdas) mató a decenas de personas, los relatos que acusen a los otros de esa matanza no cambian ni la identidad ni la ideología de ese terrorista asesino.
En el pasado, cientos de mentiras “históricas” se difundieron, y algunos todavía se siguen repitiendo, sin reflejar los acontecimientos como ocurrieron. En el presente, no faltan manipuladores de la historia, que crean relatos que buscan engañar a la gente para promover intereses e ideologías de grupos concretos.
Mil mentiras no hacen culpable a un inocente, ni inocente a un culpable, aunque esas mentiras giren y giren en relatos que parecen dominar a la opinión pública, incluso a un número no pequeño de historiadores.
Un día, así lo esperamos, las mentiras quedarán al descubierto y será posible conocer mejor los hechos en toda su crudeza. Entonces, quienes fueron injustamente alabados aparecerán como mezquinos, incluso como criminales que merecen un castigo. Y quienes fueron injustamente condenados, brillarán en su justicia y recibirán una rehabilitación justa y reparadora.
Ese día será posible para todos, plenamente, si existe un Dios, Señor del mundo y de la historia, que conoce lo íntimo de los corazones, que destruye mentiras de relatos falsos, y que nos mira, a cada uno, con esa historia de hechos reales que vamos escribiendo cada día.