Redacción/El Observador

En la cultura mexicana los abuelos son considerados los pilares de la familia por su sabiduría pero, aunque no todos viven esta etapa de la vida en las mejores condiciones, la esperanza debe ser siempre fuente de alegría que, ante una larga existencia, se vuelva bienaventuranza plena para ellos.

Así lo destacó el Papa León XIV en su mensaje para la V Jornada Mundial de los Abuelos y de los Ancianos en julio pasado, y que retomamos a propósito del Día del abuelo (28 de agosto) en nuestro país.

Testigos de esperanza

En su mensaje, el Papa pone el ejemplo de cómo la ancianidad, la esterilidad y el deterioro parecen apagar las esperanzas de vida y de fecundidad de hombres y mujeres de las Sagradas Escrituras como Abraham y Sara, ancianos que permanecen incrédulos ante la palabra de Dios, que les promete un hijo; y Zacarías, ante el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista.

“En la Biblia, Dios muestra muchas veces su providencia dirigiéndose a personas avanzadas en años. Así ocurre no sólo con Abrahám, Sara, Zacarías e Isabel, sino también con Moisés, llamado a liberar a su pueblo siendo octogenario (cf. Ex 7,7). Con estas elecciones, Dios nos enseña que, a sus ojos, la ancianidad es un tiempo de bendición y de gracia, y que para Él los ancianos son los primeros testigos de esperanza”.

“Abrazar a un anciano nos ayuda a comprender que la historia no se agota en el presente, ni se consuma entre encuentros fugaces y relaciones fragmentarias, sino que se abre paso hacia el futuro. Es verdad que la fragilidad de los ancianos necesita del vigor de los jóvenes, pero también es verdad que la inexperiencia de los jóvenes necesita del testimonio de los ancianos para trazar con sabiduría el porvenir. ¡Cuán a menudo nuestros abuelos han sido para nosotros ejemplo de fe y devoción, de virtudes cívicas y compromiso social, de memoria y perseverancia en las pruebas! Este hermoso legado, que nos han transmitido con esperanza y amor, siempre será para nosotros motivo de gratitud y de coherencia”.

Signos de esperanza para los ancianos

Este Jubileo, resalta el Papa, es una oportunidad para restaurar el orden social y reparar las desigualdades y las opresiones que muchas veces sufren los abuelos: “Considerando a las personas ancianas desde esta perspectiva jubilar, también nosotros estamos llamados a vivir con ellas una liberación, sobre todo de la soledad y del abandono. Este año es el momento propicio para realizarla; la fidelidad de Dios a sus promesas nos enseña que hay una bienaventuranza en la ancianidad, una alegría auténticamente evangélica, que nos pide derribar los muros de la indiferencia, que con frecuencia aprisionan a los ancianos. Nuestras sociedades, en todas sus latitudes, se están acostumbrando con demasiada frecuencia a dejar que una parte tan importante y rica de su tejido sea marginada y olvidada”.

Para ello, nos invita a todos a asumir esto con responsabilidad y ser testigos de este cambio. Llama a cada parroquia, asociación, grupo eclesial a ser protagonista de la “revolución” de la gratitud y del cuidado, “y esto ha de realizarse visitando frecuentemente a los ancianos, creando para ellos y con ellos redes de apoyo y de oración, entretejiendo relaciones que puedan dar esperanza y dignidad al que se siente olvidado. La esperanza cristiana nos impulsa siempre a arriesgar más, a pensar en grande, a no contentarnos con el statu quo. En concreto, a trabajar por un cambio que restituya a los ancianos estima y afecto”.

En la vejez se puede esperar

El libro del Eclesiástico, se encamina el Papa León hacia su mensaje final, “afirma que la bienaventuranza es de aquellos que no ven desvanecerse su esperanza (cf. 14,2), dejando entender que en nuestra vida —especialmente si es larga— pueden existir muchos motivos para volver la vista atrás, más que hacia el futuro. Sin embargo, como escribió el Papa Francisco durante su último ingreso en el hospital, «nuestro físico está débil, pero, incluso así, nada puede impedirnos amar, rezar, entregarnos, estar los unos para los otros, en la fe, señales luminosas de esperanza» (Ángelus, 16 marzo 2025). Tenemos una libertad que ninguna dificultad puede quitarnos: la de amar y rezar. Todos, siempre, podemos amar y rezar”.

“El amor por nuestros seres queridos —por el cónyuge con quien hemos pasado gran parte de la vida, por los hijos, por los nietos que alegran nuestras jornadas— no se apaga cuando las fuerzas se desvanecen. Al contrario, a menudo ese afecto es precisamente el que reaviva nuestras energías, dándonos esperanza y consuelo”.

León XIV asegura que estos signos de vitalidad del amor, que tienen su raíz en Dios mismo, nos dan valentía y nos recuerdan que “aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día” (2 Co 4,16).

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 24 de agosto de 2025 No. 1572

 


 

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