Por Jorge E. Traslosheros /

Francisco anunció, para alegría de muchos y confusión de pocos, la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II para el 27 de abril del 2014. Fueron dos hombres buenos y justos cuya santidad merece el reconocimiento de la catolicidad y el homenaje de las personas de buena voluntad.

El Papa Bueno, con la sabiduría de la humildad, abrió el Concilio Vaticano II para dar cauce a los movimientos de reforma que venían tomando fuerza al interior de la Iglesia, desde el pontificado de León XIII. El Papa Grande, con liderazgo y fuerza inusitados, continuó la tarea de implantar y desarrollar el Concilio, manteniendo el rumbo de la barca de Pedro cuyo naufragio era considerado por algunos, y deseado por otros, inevitable.

Sus vidas, que no se restringen a sus pontificados, encarnan el difícil proceso de la Iglesia para reformarse y, al mismo tiempo, dar respuesta a los retos del mundo actual y certeza a su camino en los siglos venideros. Una propuesta hecha desde la tradición que se renueva, sin caer en la trampa de la geometría partidista, ni ceder al chantaje de la corrección política .

Por ejemplo. Se cumplen cincuenta años de la encíclica de Juan XXIII “Pacem in Terris” en la cual, ante la locura de la guerra fría, propuso las condiciones necesarias para la paz y puso en movimiento a la Iglesia. No improvisó. Siguió los pasos de Benedicto XV y Pío XII quienes vivieron la primera y segunda guerras mundiales. Juan Pablo II, a su vez, se partió el alma para poner fin a la guerra fría, que terminó con el desmembramiento pacífico de la URSS, como después lo han hecho por Medio Oriente Benedicto XVI y Francisco. Ha sido una clara y decidida invitación católica que muestra la raíz profunda de la tradición, la transformación de la Iglesia y la grandeza del Concilio, así como la de quienes lo hicieron e implantaron.

Algunos pocos injertarán en pantera porque la decisión de Francisco los desmiente. En la etapa posconciliar hubo serios agarrones sobre el rumbo que debía tomar la Iglesia. Al interior, entre quienes querían tirar el agua sucia con todo y niño —aunque el chiquillo fuera Jesús—, y quienes confundieron al niño con el agua aferrándose a la batea. Dentro y fuera de la Iglesia, hubo quienes lo interpretaron en clave política imaginando una lucha entre progresistas reformadores, cuyo campeón sería Juan XXIII, contra conservadores integristas, cuyo líder sería Juan Pablo II. Una batalla de intereses creados se caricaturizó como una guerra entre pontífices. Parece chiste; pero la conseja se hizo dominante por su repetición “ad nauseam”.

El Papa ha puesto las cosas en su lugar. Ambos fueron determinantes en el continuado proceso de transformación de la Iglesia, cuyo punto de inflexión fue el Concilio. Fueron jardineros del bosque en crecimiento y pastores en tiempos turbulentos. La decisión de Francisco finiquita estériles debates y confirma el rumbo.

Terminó con un asunto de familia entre católicos. Francisco exentó a Juan XXIII del segundo milagro necesario para su canonización. Lo hizo en virtud de la muy acotada, poco usada y mal comprendida infalibilidad pontificia. ¿Alguien objeta su decisión? Yo tampoco. Ahora resulta que, por tratarse de quien se trata, la infalibilidad que tanto molesta a ciertos teólogos ya no fue tan falible. No oigo rugir a las panteras.

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