Por Eugenio Lira Rugarcía |

Hoy celebramos el Día Internacional de los Derechos Humanos. La amarga experiencia de las dos Guerras Mundiales demostró las terribles consecuencias del olvido de la dignidad de la persona humana. Por eso, la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, reconocen que toda persona posee, por sí misma, una grandeza tal, que su dignidad constituye un valor trascendente del que brotan derechos innatos, universales e inalienables.

 

Entre estos derechos se encuentran el derecho a la vida, a la propia identidad, a la integridad física, psíquica, moral y patrimonial; a la salud, a la seguridad, a un trato justo, a lo necesario para conservar y desarrollar la propia existencia y alcanzar la plena realización; a la libertad de conciencia, de pensamiento, de religión, de residencia, de tránsito y de acción; a formar y tener una familia, a asociarse libremente, a vivir en un medio ambiente sano, a la educación, a la cultura, a la formación integral y profesional; a un trabajo digno y justamente remunerado, a la información, a la verdad, a la participación social, al descanso y a la paz.

 

En su mensaje a la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas el 18 de abril de 2008, Benedicto XVI comentó: “…La Declaración Universal de los Derechos Humanos fue el resultado de una convergencia de tradiciones religiosas y culturales, todas ellas motivadas por el deseo común de poner a la persona humana en el corazón de las instituciones, leyes y actuaciones de la sociedad, así como en el mundo de la cultura, de la religión y de la ciencia”.

 

“La Declaración Universal –continúa diciendo el Santo Padre– ha reforzado la convicción de que el respeto de los derechos humanos está enraizado principalmente en la justicia que no cambia…”. Así lo expresaba san Agustín, quien decía que la máxima no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti “en modo alguno puede variar, por mucha que sea la diversidad de las naciones” (De doctrina christiana, III, 14)

 

Ojalá, comprendiendo que nuestra familia, nuestro ambiente de estudio o de trabajo, la comunidad en la que vivimos, nuestro país y el mundo sólo podrán vivir en paz si cada uno respetamos los derechos de todos, nos valoremos y nos respetemos los unos a los otros.