Por Juan Gaitán |

La Virgen María no solamente es Nuestra Madre a quien con profundo amor veneramos, sino que también es un modelo a seguir. Ella ha ocupado un lugar especial en el corazón de la Iglesia desde que ésta era un grupito de hombres y mujeres llenos del Espíritu, decididos a anunciar que el Reino de Dios está cerca. Los evangelios ya la presentaron así, como modelo para esta comunidad.

Los santos de los primeros siglos de la era cristiana también se dieron cuenta de inmediato: María es un Modelo ya cumplido de lo que la Iglesia debe ser, especialmente en cuanto a la fe, al amor y a la unión perfecta con Cristo.

Así pues, todo lo que se diga de María, es un ideal para la Iglesia. María engendró al Hijo de Dios, la Iglesia engendra a los hijos de Dios por el Bautismo. María estuvo junto a la cruz de su Hijo sufriente, la Iglesia debe estar junto a la cruz de sus hijos sufrientes. ¡María es la Esclava del Señor! La Iglesia debe ser esclava del Señor. María es Madre tierna y acogedora, así la Iglesia debe ser madre tierna y acogedora. Y así con muchas otras características que se puedan pensar.

La Virgen María, cita el Vaticano II, es Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora de los creyentes. Del mismo modo la Iglesia debe ser abogada de cada uno de sus fieles, debe auxiliarlos, ser socorro e interceder por ellos ante Dios. Si María, Madre de Dios, es Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos y Auxilio de los cristianos, la Iglesia puede ver en estos títulos un modelo a seguir.

¡Nosotros somos la Iglesia!

Ahora bien, cuando compartí lo anterior con una joven, ella me respondió: “Ni yo, ni muchos católicos, hemos experimentado a la Iglesia como Abogada, Auxiliadora, Socorro o Mediadora”. Ese lamentable comentario me causó dolor, pero tiene mucho de real. Sin embargo, me quedó la duda: ¿A qué se refería cuando dijo “la Iglesia”?

La Iglesia, hemos aprendido desde niños en el catecismo, somos todos los bautizados. Es cierto, pero a pesar de esto es bastante extendida esa comprensión no superada que quiere reducir la Iglesia al clero, religiosos y religiosas.

¡Nosotros somos la Iglesia! Este grito se comenzó a escuchar con mucha más fuerza que nunca después del Concilio Vaticano II (1962-1965), desde las comunidades y desde la Teología. Los laicos, junto con religiosos y ministros ordenados, han de ser conscientes de su misión de construir Iglesia, de anunciar que el Reino de Dios está cerca.

Mis papás, al frente de mi familia, de la “Iglesia doméstica” en la que crecí, me mostraron en ellos mismos una Iglesia refugio, consuelo, auxilio. Después al encontrarme con comunidades marginadas en la Sierra del Estado de Hidalgo, México, me recibieron Iglesias particulares llenas de espíritu acogedor. La Iglesia está presente en todos los cristianos que juntos viven y celebran su fe. ¡Nosotros somos la Iglesia! y hemos de mirar en María esa realización de lo que como comunidad creyente, con centro en Jesucristo, debemos ser.