Por Juan Gaitán |

Las experiencias de Dios que he vivido en grupos juveniles y en poblaciones marginadas, en la ciudad y en la sierra, con mis amigos y mi familia, me ha llevado a amar cada vez a la Iglesia y a soñar con ella.

Por eso sueño con una Iglesia en la que los niños, para recibir la “Primera comunión”, no tengan que responder llenos de nervios un examen, sino vivir un año jugando con niños de la calle, de los orfanatos, de los hospitales, encontrándose con Cristo.

Sueño con una Iglesia en la que los laicos veamos a Jesús como ideal de vida, y nos hagamos verdaderamente responsables de construir la civilización del amor, el Reino de Dios, y no lo dejemos solamente a los “padrecitos” y a las “monjitas”.

Sueño con una Iglesia en la que el deseo de vivir las Bienaventuranzas sea mayor que el miedo a faltar a los 10 mandamientos y ser condenados en el Juicio final.

Sueño con una Iglesia en la que los cristianos ricos coman en la misma mesa que los cristianos en pobreza.

Sueño con Eucaristías que sean verdaderos convivios, fiestas de la comunidad que celebra rebosante de alegría la victoria de la Vida sobre la muerte. Que no se diga que “ir a misa” es un mandamiento (uno de los cinco mandamientos imperativos, porque “es lo mínimo que debemos hacer”), sino que se participe en la celebración por esa necesidad de festejar a Dios presente entre su pueblo.

Sueño con una Iglesia en la que a la construcción de los templos de Interlomas y Polanco se les invierta lo mismo que al templo de la comunidad de “La Cueva” en la Sierra Norte de Puebla.

Sueño con una Iglesia en la que me encuentre al obispo en la combi y al sacerdote pidiendo limosna para comer, porque lo que “entró” de las colectas lo están comiendo los pobres o están pagando la cirugía de don Pancho o doña María que no tenían para atenderse.

Sueño con una Iglesia en la que su catolicidad (universalidad) se refleje en que es una monstruosa red de solidaridad a nivel mundial, con una Iglesia que invierta más (tiempo, dinero y esfuerzo) en la atención pastoral de la gente que vive en el basurero de Chimalhuacán que en los pagos para los trámites de las canonizaciones en Roma.

Sueño con una Iglesia que guste de caminar en la unidad a partir de las diferencias de sus miembros.

Sueño con un Magisterio que se preocupe más por mirar que en cada diócesis se atiendan prontamente y con amor las heridas abiertas, que por los que ya dijeron algo “poco ortodoxo”.

Sueño con una Iglesia en la que todos los cojos nos podamos apoyar en los hombros de otros cojos, en vez de criticar la particular cojera de los demás; con una Iglesia de enamorados por Cristo y su proyecto de hacer de toda la humanidad una sola familia.

Así es, sueño con una Iglesia que camina hacia el Evangelio, y me comprometo con ella porque la amo. ¡Dios me ha dado tanto a través de la comunidad de bautizados!

Sé que en ella habita el Espíritu de Dios y que, si nos esforzamos por mantenernos fieles al amor de Dios, podremos cumplir de mejor modo la misión encomendada por Jesucristo.