Por Fernando Pascual |

Muchas desgracias pudieron y pueden ser evitadas. Con más atención, con medidas y leyes que promuevan la seguridad, con honradez, con prudencia, con el esfuerzo de las autoridades, de la sociedad civil y de las personas implicadas, cientos de accidentes y calamidades no llegarían nunca a ocurrir.

Cuando por pereza, corrupción, imprudencia culpable, se producen desgracias evitables, es necesario exigir responsabilidades, incluso con la intervención de la justicia: no puede quedar sin castigo quien con sus negligencias ha provocado daños importantes en tantas personas inocentes.

Pero surge la pregunta: ¿hay desgracias sin responsables? ¿Existen accidentes y calamidades sobre las que resulta injusto y excesivo perseguir a culpables que no existen?

Para responder, podemos poner ante nuestros ojos la complejidad de nuestro mundo. Vivimos en un suelo inestable, con un clima caprichoso, entre bacterias y virus que vienen y van. Mil factores se entrecruzan en tantos hechos grandes o pequeños que acontecen diariamente.

 

Cuando esos factores desatan fuerzas imprevistas que provocan cientos o miles de muertos, ¿estamos ante desgracias sin responsables?

Es cierto que después del derrumbe de una montaña o tras una riada de proporciones apocalípticas muchos exigen a las autoridades que respondan de sus posibles negligencias. Pero también es cierto que ni las sociedades más tecnologizadas ni los Estados que exigen más normativas de seguridad podrán evitar todas las posibles cadenas de eventos que llevan en ocasiones a catástrofes ingentes e imprevisibles.

Existen, por lo mismo, catástrofes sin responsables. Reconocerlo no significa dejar de exigir a quienes tienen alguna función social que trabajen por construir un mundo más seguro, sino simplemente aceptar que la condición humana en esta tierra tiene siempre algo (mucho) de incierto.

En la Carta a los hebreos leemos lo siguiente: “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro” (Hb 13,14). Sí, estamos en camino en un mundo lleno de misterios y con sorpresas que provocan miedo y pena.

Frente a tanta incertidumbre, buscaremos todo aquello que sirva para prevenir daños a otras personas. Luego, cuando se produzca una desgracia, con o sin culpables, sabremos acudir en ayuda de los necesitados desde un corazón bueno y generoso.