Por Fernando Pascual |

Buscamos la verdad. Con pasión o con dudas, con esperanza o entre mil dificultades que llevan al desaliento. Buscamos la verdad, incluso más allá de protocolos y barreras establecidos por quienes pretenden controlar de algún modo la ciencia humana.

Resulta sorprendente constatar cómo algunos, en el pasado y en el presente, han buscado «encapsular» la investigación. Quien no trabaja según ciertas reglas, que varían con el tiempo, queda marginado. Unos, porque no usaban los silogismos clásicos. Otros, porque no habían entrado en una universidad. Otros, porque carecían de la aprobación de un comité científico que controlaba todo.

La mente humana, sin embargo, va más allá de las barreras. En el mundo griego, frente a quienes defendían una tierra plana pronto se alzaron voces a favor de su esfericidad. En los albores del mundo moderno, frente a supuestos seguidores de Aristóteles (no de su espíritu), Copérnico, Kepler y Galileo buscaron nuevos modelos para explicar el universo.

Ciertamente, hay investigaciones que exigen una cantidad enorme de medios, de tiempo y de dinero. Por eso es fácil que algunas ideas geniales no pasen por el embudo: basta una negativa en quienes controlan las asignaciones de ayudas para que un «descubrimiento» quede paralizado por decenios.

Existen, sin embargo, nuevos ámbitos para pensar más allá de las barreras. Quien ve rechazado su artículo por un comité científico puede publicarlo en Internet y conseguir una difusión que a veces sorprende a los «expertos». Quien queda excluido por grupos que controlan los grandes medios de comunicación, puede hablar en las redes sociales o en un blog humilde y difundir sus ideas.

Esas ideas alcanzarán, seguramente, a pocas personas. Pero si algo tiene un valor estimulante y si promueve perspectivas nuevas y valiosas para comprender mejor al hombre, al mundo y a Dios, tal vez empiece a llegar a más y más lectores que anhelan caminos hacia la verdad, el bien y la belleza.

 

 

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