OCTAVO DÍA | Por Julián López Amozurrutia |

El problema se enredó. No era grave. Por algún motivo, sin embargo, se le vio crecer, extenderse, contagiar a personas que antes no estaban involucradas, y terminó por volverse incontenible. Al final, sólo se pudieron constatar los daños.

No importa la cuestión de la que se trate, el fenómeno se repite. En ambientes familiares, laborales, sociales, lo que se mostraba en sus síntomas como una cuestión menor, termina por salirse de control y alcanzar lo imponderable. En ocasiones puede tratarse de algo fortuito. Pero un análisis de la situación frecuentemente demuestra que una variable humana fue determinante para la explosión final. Una exageración, una mala disposición, un prejuicio, un complejo, una asociación torcida, una interpretación equivocada, pueden hacer que el cauce de nuestras energías se desborde.

«Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con muchas razones» (Qo 7,29). Complicarse la vida y complicársela a los demás parece ser el ejercicio favorito de algunas personas. La mayoría de ellas ni siquiera se da cuenta de su propensión. La repiten, y aunque se les señale, derivan aún ulteriores argucias para justificar las avalanchas. Proyectan un ánimo alarmado y pesimista, y construyen desde él calamidades.

Ante las mentas torcidas y sucias, mantener la serenidad y aportar al entorno serenidad y alegría es un enorme desafío. Puede parecer ingenuo, pero en ello se esconde, realmente, una muestra de auténtica sabiduría. La intensidad de las provocaciones al desánimo puede ser fuerte, y el corazón no se queda impasible ante la información. Permitir que las cosas fluyan sin que nos anudemos con ellas es señal de esa madurez que, paradójicamente, se asocia con la inocencia. Es la limpieza interior capaz de navegar en la tormenta.

Conocí a alguien que tenía una destacada capacidad para ayudar a todos a relativizar los problemas y conservar un espíritu positivo. Su clave era el humor. Un humor blanco y ligero, de ninguna manera hiriente. En algún momento, sin embargo, sin que yo conociera la razón, hizo suyo un gesto amargo y no volvió a ser el mismo. Apesadumbrado, empezó a disparar comentarios sarcásticos. Disminuyó notablemente lo agradable que solía ser su compañía. ¿De dónde le vino la contaminación? Más allá de las situaciones que enfrentaba -me consta que había salido airoso en condiciones realmente difíciles-, era un hecho que se había vuelto complicado. Había perdido la pureza que lo caracterizaba. Había ensuciado su mente. Ahora problemas menores se volvían muy pesados. Y claro, se inventaban también otros donde no los había.

Mantener la mente limpia es una conquista evangélica. Jesús lo anuncia como una condición para vivir la plenitud del Reino: «Yo les aseguro: si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3-4).

Si nos hemos vuelto complicados, es posible propiciar un camino de conversión. Seguramente nos aligerará la carga. Al camino lo vuelven tortuoso los miedos, las ambiciones, los orgullos, las pasiones, todo lo que asuma el rostro del desorden. Nos estacionamos en ellos y dejamos que las ruedas se atasquen. Aspirar a la sencillez es limpiar el corazón y la mente, dejar que su vida sea el espontáneo gusto por encontrarse, no aferrarse, soltar las amarras y permitir que la luz y el aire nos sorprendan. La mente limpia despierta la alegría, desencadena la libertad, ubica en la realidad, abre al futuro. En el campo de la fe, es también la condición del vínculo sagrado. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

 Publicado en el blog Octavo Día, de El Universal (www. eluniversal.com.mx), el 15 de agosto de 2014. Reproducido con autorización del autor: padre Julián López Amozorrutia.

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