IGLESIA Y SOCIEDAD | Por Raúl H. Lugo Rodríguez |

Es lugar común en la política mexicana sostener que “esta mujer da a luz cada seis años”, para referirse a que las elecciones sexenales para elegir presidente o presidenta son las únicas que acaban concitando pasiones y atrayendo un gran número de votantes. El adagio no ha soportado el paso de los años y la experiencia, sobre todo porque el parto de esta mujer, la patria, si es que no la hemos reducido a una triste y completa esterilidad, está en muy otro lado y no en las urnas electorales. Pero algo queda de cierto en el refrán: las elecciones intermedias apenas si ofrecen un mediocre espectáculo que suele despertar más bostezos que entusiasmo.

Pero si las elecciones eran, hasta hace poco tiempo, un show grotesco y de mal gusto, hoy día, después del sangriento sexenio calderonista y de la gran fosa clandestina en la que el regreso del PRI ha convertido a México, no son otra cosa que un ejercicio que mantiene a gobiernos, partidos e instituciones -las más efectivas agencias de empleo para el grupo político que resulta triunfante- en el nivel de impunidad en el que han actuado en los últimos años, favoreciendo la connivencia de política y crimen organizado.

Pero la clase política, corrupta y corruptora, parece no darse cuenta del hartazgo que despierta en los ciudadanos y ciudadanas. Confía en que una visita de Chayanne o un festival que trata a la cultura maya como pieza de museo, acabarán por desviar la atención de sus tropelías. Con mecanismos de control electoral puestos al servicio de la partidocracia, la danza de los millones ha comenzado aunque la contienda intermedia no sea sino hasta el año próximo.

Spots publicitarios que se repiten en la radio ad nauseam, decenas de espectaculares anunciando a los aspirantes -Paz, Sahui, Vila…- que llenan calles y avenidas (¿qué no había una ley que prohibía los actos anticipados de campaña? ¿o es que piensan que alguien se toma en serio eso de que son informes a la ciudadanía?), el secretario de gobierno y la fiscal del estado en exhibición fotográfica permanente … Y en las otras zonas del estado, los agandalles y golpes bajos entre los distintos grupos hegemónicos. Es el panorama que exhibe de manera obscena qué es lo que hacen y a qué se dedican los que dicen trabajar cobrando de nuestros impuestos. Es el caño en el que, imparable, circula el presupuesto que no se aplica a salud y educación.

Ya vienen las elecciones intermedias. No es que me interesen particularmente las votaciones y sus resultados. Hace ya varias elecciones que no voto. No aconsejaría nunca a nadie no votar. Cada uno tiene que llegar a esa conclusión por sí mismo. Pero, tal como van las cosas, es muy probable que usted, querida lectora o lector, llegue a la misma decisión más temprano que tarde.

Uno se pregunta cómo le harán los políticos el año próximo para colocar las mesas de votación sin ruborizarse, mientras con los pies hacen a un lado los cadáveres para hacerles lugar a las mamparas del flamante INE. La descomposición de la clase política es tal que el mayor triunfo en las próximas elecciones sería lograr que hubiera candidatos que no fueran delincuentes… pero es una apuesta muy difícil.

Hay, se lo aseguro, otros caminos para evitar que esta patria adolorida –la de Acteal, la de Aguas Blancas, la de los 72 migrantes masacrados y los 43 estudiantes de Ayotzinapa desparecidos, la de la impunidad y los crímenes de Estado– siga caminando a lo que parece un inexorable destino: convertirse en un gigantesco cementerio. Y esos caminos, lo reconozco no sin dolor, no pasan hoy por las urnas. Así que desde este rincón del ciberespacio sugiero humildemente que se supriman las próximas elecciones: nos ahorraremos una buena lana y evitaremos que más delincuentes lleguen al gobierno. Con los que tenemos hoy nos sobra y basta.