REPORTAJE | Por Carlos Cordero | El Puente |

Vivir en un entorno adverso en el que impera la violencia, donde mantener la esperanza es un reto diario, hace de la vida una historia de martirio. Y, sin embargo, este es el contexto al que se deben enfrentar miles de familias en el mundo. Los conflictos armados colocan a millones de personas en situaciones vulnerables, que las vuelven presa de la agresión y el desconsuelo.

Pero no hace falta ir hasta el desierto de África o las cimas del Tíbet para conocer y vincularnos con esas realidades. Hoy en día, nuestro país se encuentra sumido en un ambiente de violencia que ha desplazado a muchas personas de sus hogares y ha dejado víctimas en prácticamente todos los rincones del país. Sin embargo, en medio de este torbellino de ansiedad y angustia, existen comunidades y regiones que empiezan a abordar el problema de la violencia desde otro enfoque: la construcción de paz.

Construir la paz implica un proceso comunitario de consuelo para las víctimas del atropello, la humanización de los involucrados y la transformación de la comunidad. Construir paz implica rehumanizarnos como individuos y, después, restaurar nuestras relaciones en el entorno social: en la familia, con los amigos, en las instituciones de la comunidad.

Una guía para construir paz

En el mes de enero de este año la Arquidiócesis de Acapulco organizó el XVII Encuentro Provincial de Pastoral, que tuvo como objetivo central la reflexión en torno a la acción de construcción de paz. En la reunión, se compartieron las bases y fundamentos teóricos para que las parroquias de la Arquidiócesis de Acapulco diseñen acciones concretas para acercarse tanto a las víctimas como a los grupos vulnerables que corren peligro de involucrarse con las bandas del crimen organizado y, de esta forma, empezar un proceso de construcción de paz.

Para entender mejor este proyecto, se compartió el documento titulado Guía para la reflexión interna en las diócesis con vistas a la acción de construcción de Paz, y que está disponible en la página de internet de la arquidiócesis. Ahí se aborda de manera concreta el tema de la construcción de Paz, desde la Pastoral del Consuelo y la Esperanza.

El documento es una invitación a involucrarnos en la reconstrucción del tejido social que se ha roto por la gravedad de la situación que atraviesa el país. También nos lleva a reconocer la complejidad del conflicto al que nos enfrentamos: la violencia ha desintegrado a muchas de nuestras comunidades y por lo tanto, es necesario reconocer que construir la paz en estos contextos es un proyecto de largo plazo; para ello debemos centrar nuestro objetivo en la reconstrucción de la estabilidad comunitaria, fundamentada en una paz justa y duradera.

Después de la violencia, viene la reconciliación

Esta guía de reflexión reconoce que la violencia destruye los lazos en los que se sustenta la estabilidad de las comunidades. Así, después de un episodio violento o un conflicto, es necesaria la reconciliación para restaurar las relaciones correctas entre los involucrados. Este es el reto mayor, ya que esas relaciones derivan de la dignidad de las personas y la naturaleza social de la humanidad, elementos que se ven destruidos y desplazados cuando la violencia invade a una comunidad.

Construir la Paz es trabajar en la re-construcción de esos vínculos sociales, que nacen de la naturaleza humana de los miembros de la comunidad. Para iniciar, es necesario voltear hacia la comunidad, debemos abordar la construcción de la paz desde lo local. Aunque es necesario el apoyo del exterior, no podemos esperar a que un elemento externo impulse estos procesos, la iniciativa debe generarse en la comuni- dad inmediata. La construcción de paz representa un reto que debe involucrar a toda la comunidad.

Pero la mera participación no es suficiente, es necesario que la comunidad identifique la violencia que se presenta en sus dinámicas, porque la violencia tiende a “normalizarse” en entornos conflictivos, y entonces se enquista en las prácticas de la comunidad. Entonces, debemos identificar cómo nuestros vín- culos comunitarios se ven contaminados por la violencia y fortalecer la confianza en lugar de promover la desconfianza; involucrarnos con nuestros amigos y nuestra familia, en lugar de aislarnos y permanecer apáticos; promover una actitud de apertura al cambio, en lugar de refugiarnos en la resignación que nos paraliza e impide que volvamos a sembrar y cosechar nuestra comunidad.

Conversando con el Padre Jesús Mendoza

Para continuar con el entendimiento de esta Pastoral del Consuelo y la Esperanza, el que escribe tuvo la oportunidad de conversar telefónicamente con el Padre Jesús Mendoza, coordinador del equipo pastoral de la Provincia de Acapulco. En nuestra charla, el Padre nos explicó un poco más acerca de la experiencia que están viviendo los acapulqueños en este proceso de reconstrucción de paz.

Las víctimas y el consuelo

El Padre Mendoza nos contó que este proyecto pastoral está enfocado en el acompañamiento a las víctimas de la violencia, que viven en medio del desconsuelo y la exclusión social en las comunidades de Guerrero: “El proyecto nació al identificar la necesidad de intervenir en la crisis humanitaria por la que atraviesan comunidades de la Arquidiócesis de Acapulco. Las víctimas de la violencia sufren un deterioro como personas, piensan que todo está perdido, sobre todo la esperanza. Entonces nuestra intervención va a ayudarlas a reconocer los recursos con los que cuentan. No todo está perdido: tienen a su familia, a sus amigos, a la comunidad y sobre todo tienen la fe; de esa forma comenzamos con el proceso para superar el dolor y reintegrarlos a la comunidad”.

Para tratar esa desesperanza en las víctimas la propuesta es el consuelo: “La puerta de entrada a un proceso de restauración del individuo es el consuelo, ya que éste es una necesidad humana, y puede facilitarse situando la presencia de Dios, haciendo sentir a las víctimas acompañadas de Dios, la consolación es parte fundamental del ministerio de la evangelización”.

En este sentido, en Acapulco se está trabajando desde las parroquias, el Padre Jesús Mendoza nos invita a reconocer que la atención a las víctimas de la violencia es parte de la misión evangelizadora: “Hay que anunciar el evangelio a quién sufre, es parte de nuestro ministerio. ¡Jesús viene a consolar los corazones quebrantados!”, señaló.

El papel de la Iglesia en la construcción de Paz

Con un tono concreto y claro, el Padre Mendoza nos contó también sobre las acciones concretas que están llevando a cabo. Nos contó que se han organizado equipos de trabajo, a los que llaman levadura. En estos grupos de trabajo se anima a la comunidad a asumir la construcción de paz como una forma de anunciar el evangelio; desde los grupos se anima a la comunidad a involucrarse con las víctimas, a traerlas de su aislamiento para acercarlas al consuelo. Algunas veces organizan liturgias o jornadas de oración.

Estos grupos de trabajo se han tejido como redes entre parroquias y grupos civiles organizados, que tienen como objetivo central dar atención a las víctimas. Estos grupos se presentan como centros de escucha: “Las víctimas se quedan abandonadas, y no deben aislarse. Es necesario que las víctimas sepan que no están solas, que cuentan con la Iglesia que se solidariza con ellas. La evangelización es un medio para reconstruir el tejido social, porque convoca y congrega a la comunidad en torno a las víctimas”. En sus palabras, el Padre Mendoza nos transmite la importancia de la Iglesia en estos procesos de paz, nos señala el potencial de la Iglesia para fortalecer a las comunidades.

Por otro lado, la estrategia debe ir más allá de la atención a la víctima, pues implica una transformación de la comunidad hacia la apertura y el cambio. Estos grupos de trabajo deben enfocarse en las personas, en los espacios comunitarios como la familia. “Ahí es donde debemos identificar: o estamos generando violencia o queremos construir paz”.

No obstante, si bien es necesario transformar nuestras relaciones violentas, el reto mayor consiste en identificar las estructuras que nos condicionan. Las instituciones y los marcos normativos también generan violencia, por ejemplo el sistema económico neoliberal, generador de desigualdades.

Los jóvenes: los más vulnerables

En esta realidad violenta, los más olvidados han sido los jóvenes. Al cerrar nuestra charla, el padre nos comenta que es en ellos en quienes debemos en- focar nuestros esfuerzos. “Los jóvenes son un grupo muy vulnerable, los hay víctimas y también los hay victimarios. La iglesia debe salir a buscarlos y colocarse al lado de ellos, no traerlos a ella; la Iglesia debe encontrarse con los jóvenes en una dinámica misionera”. Y continúa: “Estamos por iniciar, el siguiente mes, un nuevo proyecto en conjunto con una organización de la sociedad civil llamada Servicios a la Juventud AC, y con ellos estamos implementando un modelo de prevención para jóvenes en situación de riesgo”.

En este proyecto que empieza, han identificado tres grupos vulnerables entre los jóvenes de las comunidades: aquellos que han desertado de la escuela, los que no trabajan y los que han sido víctimas de la violencia. Al preguntarle qué puede hacer la iglesia para facilitar este tipo de proyectos, el padre es contundente y afirma: “Hay que trabajar en conjunto, la iglesia puede facilitar los espacios físicos de las parroquias para estos procesos. Debemos involucrarnos en acoger a estos jóvenes y fortalecerlos como personas. Trabajar en fortalecer su autoestima, fortalecer sus capacidades intelectuales con talleres y enseñanza de oficios, inculcarles disciplina a través del deporte. Sin embargo estos procesos deben descartar todo proselitismo, no pretendemos hacerlos católicos, pretendemos humanizarlos primeramente, lo demás se da en otro momento”.

Finalmente, el padre Mendoza comentó que están por publicar tres libros para profundizar en estos temas: “Uno es la experiencia académica, otro es una guía pedagógica y finalmente una ruta metodológica. Todos estarán disponi- bles en la página de la Arquidiócesis de Acapulco, para que puedan acceder a ellos”. Definitivamente la experiencia en Acapulco es una invitación a repro- ducir este tipo de iniciativas en nuestras comunidades, para identificar aquellas prácticas que reproducen y encarnan la violencia. Identificarlas es el primer paso hacia la transformación comunitaria y la construcción de la paz.

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