Por Fernando Pascual |

A lo largo de los siglos la Iglesia se ha enriquecido con matices evangélicos. Unos han sabido dar luz a la dimensión de la misericordia. Otros a la de la caridad. Otros a la del sacrificio. Otros a la de la pobreza. Otros a la de la alegría. Otros a la de la penitencia.

Desde luego, los matices tienen sentido sólo si están unidos entre sí y con la raíz de la que surgen: con Cristo Salvador, con el Padre de las misericordias, con el Espíritu Santo que habita en el corazón de los bautizados.

Cuando están unidos en el núcleo ineliminable del cristianismo, los matices enriquecen a la Iglesia católica, en una polifonía hermosa que canta a Dios y sirve a los hermanos.

A lo largo de los siglos, sin embargo, han surgido y surgen tendencias uniformantes, que buscaban y buscan suprimir las diferencias, apagar los carismas, para quedarse en un cristianismo básico, empobrecido, casi protestantizado.

Esas tendencias siguen vivas en nuestro tiempo. Desde una mala lectura de partes del Evangelio se critica y margina todo aquello que pueda parecer “abuso” o adulteración, cuando en realidad mucho de lo criticado tiene un valor espiritual y fecundo para tantos auténticos creyentes de diversas culturas y sensibilidades.

Por eso, es parte del amor a la Iglesia reconocer lo genuino de cada don particular que viene de Dios y que sirve para los demás. Congregaciones, órdenes, movimientos, grupos parroquiales, otras realidades eclesiales, iniciativas de una imaginación sorprendente: cada carisma tiene su puesto si vive bajo la obediencia al Papa y a los obispos y si refleja aspectos de una fe que enriquece al mundo.

Respetar y cuidar esos matices es algo bueno y fecundo. No tiene sentido destruirlos bajo aparentes deseos de volver a lo original. Porque el fuego de Pentecostés no quedó encerrado en un tiempo ni puede ser un formato aplastante que acabe con diferencias legítimas.

En nuestro tiempo, tantos modos de vivir la fe enriquecen y crean belleza. Quienes son fieles a los carismas recibidos y conservan sanas tradiciones, entran a formar parte del río milenario de la Iglesia y ofrecen a sus hermanos caminos de santidad, de amor y de esperanza.