Por Francisco Xavier SÁNCHEZ|

Un “niño-Dios” de barro acostado en un pesebre (lugar donde comen las bestias) es paradójicamente algo tierno y conmovedor. Es contradictoria esta imagen porque normalmente debería causarnos indignación, rabia, malestar. Sin embargo estamos tan acostumbrados a ver a la Sagrada familia en nuestros nacimientos tradicionales, que nos hemos desacostumbrado a ver a las miserables familias que tienen que vivir en carne propia el nacimiento de sus hijos en lugares infrahumanos porque no hubo lugar para ellos en algún lugar decente.

Bebés nacidos en la migración, en las cárceles, en la guerra, en la calle…

Bebés que no se llaman Jesús sino Emmanuel, es decir Dios con nosotros.

Desde aquella mágica noche en la que un puñado de pastores experimentaron la esencia de la Navidad al reconocer en ese niño pobre a su Salvador, ese acontecimiento grandioso se sigue repitiendo cada año, cada mes, cada día en que abrimos las puertas de nuestro corazón para reconocer en el pobre la presencia de Dios.

Vivimos en una sociedad cada vez más brutal, injusta e inhumana. Una sociedad dominada por el dios-Dinero, el dios-Placer y el dios-Egoísmo. Trinidad diabólica que habita dentro de cada uno de nosotros y que nos impide meter en nuestra vida a aquel o aquella que toca a nuestra puerta.

La Navidad no es cuestión de dar sino de darse. Difícil Navidad que sólo es experimentada por pocos, aquellos que saben renunciar al egoísmo, a la vanidad, a la prepotencia. Aquellos que son capaces de llorar ante el sufrimiento ajeno, de reír de la dicha de los otros, de compartir con los que menos tienen.

Deseo que para esta Navidad nos indignemos más ante el dolor ajeno y que sepamos abrir nuestras manos y nuestro corazón a aquellas personas que tocarán a nuestra puerta.

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