ENTRE PARÉNTESIS | Por José Ismael Bárcenas SJ |

Este sábado me despedí del Padre Kadowaki, jesuita japonés de 90 años, con él tomé un retiro en el santuario de Loyola. Antes de decir adiós nos preguntó si conocíamos parientes del Padre Arrupe, sabía que era de Bilbao y tenía deseo de ir a saludarlos. Se le informó de que no se sabía dónde localizarlos. Kadowaki tomó aire, lentamente soltó la respiración, como si con la exhalación saludara a quien, en 1950, fuera su maestro de novicios y años después General de la Compañía de Jesús.

El Zen es una tradición oriental que tiene que ver con la meditación. Es vasto, profundo y complejo como para intentar explicarlo en pocas líneas. Si acaso, recupero y hago síntesis de lo que aprendí en el retiro que tomé con el P. Kadowaki. El Zen tiene que ver con el arte de entrar a los propios adentros y, desde ahí, percibir el presente y la Presencia de quien nos da la vida. Es muy importante aprender a concentrarnos en la respiración, atender los sentidos y evitar ese monólogo obsesivo de pensamientos que ametralla nuestra mente. Claro, es fundamental el silencio y tener una posición corporal que ayude a la contemplación.

Como occidentales somos muy cerebrales, vivimos planeando futuros o recordando pasados, sin darnos cuenta estamos sumergidos en un sin fin de actividades y pensamientos. Hemos perdido la capacidad de sintonizarnos al hoy, a este instante que llamamos el presente. Vale la pena hacer alto en el camino y evaluar cómo andamos. Para tal motivo, puede ser que ayuden estas preguntas: ¿Cómo ando en mis relaciones con los demás, con la naturaleza, conmigo mismo y con Dios? ¿Tengo paz? ¿Cuánta serenidad me acompaña para enfrentar las adversidades y los momentos agradables de la vida?

Antes de una de las sentadas, o sesiones de 30 minutos de oración, Kadowaki leyó parte del libro del Génesis (cap. 2, 7): “Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo y sopló en su nariz el aliento de vida, así el hombre se convirtió en el viviente”. Luego hizo una reflexión sobre el Señor, título que denota al creador de las plantas, de los animales y de los seres humanos. Dios nos da la vida. Nosotros somos polvo. Nosotros no somos nada. Dios lo es todo. Él nos da el aliento que nos hace vivir. El aliento es la respiración. Cada vez que inhalamos, es Él quien nos da la vida. Cuando inhalamos, nuestro cuerpo se llena de su Espíritu. Cada vez que exhalamos, podría ser nuestra ultima exhalación. El que está muerto es el que ya no respira. Así, en cada respiración recibimos el aliento del Espíritu, se nos da la vida de la Gran vida. A su vez, en cada exhalación algo de nosotros muere. En el ejercicio de respiración, se nos animó a que dejáramos que lo caduco saliera a través de cada exhalación, se recomendó hacer tensión en el cuerpo, como si hiciéramos fuerza para sacar el egoísmo, el orgullo, la soberbia, lo que nos hace ser engreídos y todo lo que no ayuda a que seamos buenas personas. Y, en este juego de Yin – Yang, que al inhalar nos relajáramos, sintiendo el regalo del soplo del Aliento de vida que sana, sintoniza con Su Presencia y da paz.

Permítanme hacer esta analogía: En occidente a ratos somos muy dados a hacer altas especulaciones intelectuales sobre el mar. En oriente se sientan, se serenan y, a través de la respiración, se disponen a percibir ese sirimiri (chipichipi, decimos en México). Dios es esa brisa suave que serenamente nos empapa y que está presente en todo lo creado.

Kadowaki es especialista en Sagradas Escrituras. Ha sido profesor en el departamento de Filosofía de la Universidad de Sophia, en Japón. En los últimos años ha intentado armonizar el Zen con la Espiritualidad ignaciana. Tiene un libro muy alabado: el Zen y la Biblia.

Antes de despedirnos, Kadowaki nos expresaba su deseo de venir el próximo año. Tiene mucho interés en compartir sus conocimientos y hallazgos con los jóvenes. Quizá, en este mundo tan hambriento de la experiencia de Dios, estos puentes entre el Zen y el Cristianismo puedan ayudar al hombre de hoy a que, sumergiéndose en el silencio, en una postura corporal serena y atendiendo a la respiración, perciba esa suave brisa que está ahí, esperándonos siempre y regalándonos su Aliento de vida.