Por Francisco Xavier SÁNCHEZ |

El día de hoy celebramos el “milagro de Navidad”. Es decir del feliz acontecimiento histórico de un Dios hecho hombre, hecho barro, hecho mortal y frágil por amor a los hombres. Y si en la historia de la humanidad, diferentes mitos ya nos narran el anhelo humano de diferentes dioses que por amor a los hombres han transgredido sus prerrogativas divinas para acercarse a los humanos, tales como Prometeo en la Grecia de oro, que es encadenado por su amor a los hombres; o Quetzalcóatl en el México antiguo, que se inmola a él mismo, por su estrecha relación con los humanos; sin embargo ninguno de estos “mitos” se compara con el “milagro” de Navidad.

Este extraordinario acontecimiento que hace que el autor de TODO se convierta en “casi nada” (San Pablo dice que “Cristo se anonadó a sí mismo” Filipenses 2, 8), es lo que celebramos el 24 de Diciembre a media noche. “Y el Verbopuso su morada entre nosotros” (Juan 1,14). Dios se hace carne, barro, polvo y se humilla, para que nosotros podamos divinizarnos con él, es decir elevarnos, ascender a una condición superior de lo que somos ahora. Extraordinario milagro que no tiene nada que ver con lo que ahora principalmente Coca-Cola y el neoliberalismo salvaje promueven con Santa Claus y el consumismo deshumanizante.

San Lucas 2, 1-14 que nos narra con más detalles el nacimiento de Cristo nos dice cuando, dónde, cómo, y a quiénes sucedió esto. ¿Cuándo? Todo esto sucedió cuando Quirino era gobernador de Siria (Siria, país que está viviendo en estos momentos un genocidio aterrador en su ciudad de Alepo). ¿Dónde? En una ciudad periférica de Nazaret llamada Belén. ¿Cómo? Cuando una mujer llamada María dio a luz a su primogénito y lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en las posadas del pueblo. ¿A quiénes? A un grupo de pastores que pasaban la noche en el campo y que vigilaban por turno sus rebaños.

Me parece importante que no olvidemos esos cuatro puntos bien subrayados por Lucas: cuándo, dónde, cómo, y a quiénes, ya que de otra manera corremos el riesgo de descontextualizar de toda su fuerza histórica, política, económica y social el nacimiento de Cristo. Jesús nació en un momento histórico preciso (cuando un imperio dominaba y oprimía buena parte del mundo); en un lugar particular (un pequeño pueblo a orilla de las grandes urbes); en una situación de pobreza extrema e inhumana (con frio y oliendo a estiércol entre los animales, pero con el calor amoroso de sus padres) y acompañado por un puñado de gentes (pastores, gente pobre que se solidarizaron con su nacimiento).

¿En qué hemos convertido ahora la Navidad? En grandes supermercados atiborrados de gente que hacen compras de regalos para “celebrar” lo que muchos llaman navidad. Consumismo vulgar que contradice la verdadera esencia de la Navidad. En realidad yo no tengo nada en contra de celebrar con cena, fiesta y regalos la Navidad, pero reducirla “sólo a eso” es una blasfemia, que ofende a Dios y hace de esa Santa noche una caricatura. La verdadera Navidad es salir de nuestro egoísmo e ir al encuentro del otro, sobre todo del más necesitado. Es empequeñecernos –anonadarnos– a nosotros mismos para que el otro/a puedan crecer, ser realmente humanos, tener más vida y dignidad. Es tener presentes esos cuatro puntos subrayados muy claramente por Lucas en su Evangelio.

  • El tiempo (¿cuando?). ¿Soy hijo de mi tiempo? ¿Conozco la situación política y social que me ha tocado vivir?
  • El lugar (¿dónde?). ¿Me dejo interpelar por lugares de pobreza y alejados de las grandes urbes?
  • Las condiciones (¿cómo?) ¿Estoy atento a la manera cómo viven mis hermanos en desgracia material o espiritual que viven tal vez muy cerca (o alejados) de mí?
  • Las personas (¿quiénes?) ¿Me solidarizo con las personas que tienen menos recursos que yo, aún bajo el riesgo de no recibir –aparentemente–nada a cambio de esos encuentros?

Que el milagro de Navidad sea ese momento extraordinario en que sepamos descubrir la presencia del Dios hecho carne y habitando entre nosotros (Emmanuel), cada vez que seamos capaces de salir de nuestro confort para arrodillarnos ante nuestros hermanos. Feliz Navidad.

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