Por Mónica OLVERA |

En lo que se refiere al tema de cuántos hijos tener y cuándo tenerlos, hay personas que prefieren no pensar en ello y evaden hablar del tema con su pareja. Hay otras que se avientan a tocarlo pero con cierto miedo, que al final terminan optando por dejar que el “tiempo” decida. Hay otro tercer grupo que se lo plantean con la ligereza del que quiere adquirir un perrito o un mueble nuevo. Por último están los que toman el toro por los cuernos, y conversan el punto con la seriedad que merece.

Definitivamente no se trata de una decisión intrascendente o desechable. Un hijo es algo que se queda para toda la vida, que trae como se dice, la torta bajo el brazo, pero también sus “rentitas”. Nos pedirá fuerzas, tiempo, atención, cosas materiales, etc. Sin embargo, es el mayor bien que los esposos pueden recibir y traer al mundo. Por eso vale la pena todo el tiempo que invirtamos en reflexionar y dialogar en pareja, a la luz de Dios, orientados en ocasiones por alguien sabio, el ir planificando cuántos hijos tener y cuándo tenerlos, considerando todas las circunstancias importantes del contexto actual y futuro.

Forma parte del discernimiento responsable de cómo ir conformando la familia, el medio que utilicemos para regular la natalidad, para espaciar o limitar los embarazos. Hoy día la alternativa común y corriente es el uso de la anticoncepción, en su multiplicidad de formas. Para algunos pocos, la única vía aceptable es el uso de la planificación natural. Arrebatadamente hay quien dice que da igual usar anticonceptivos o un método natural. Sin embargo, curiosamente quien opina esto, prefiere uno u otro, por sus razones.

Sea cual sea el camino que elijamos, no podemos esperar resultados iguales en términos de salud física, emocional y espiritual, tanto para la mujer como para el hombre, para el matrimonio como para la sociedad entera. Los invito a pensar y buscar por qué son propuestas radicalmente diferentes y que dan resultados diametrales, la anticoncepción y los métodos de reconocimiento de la fertilidad.

Creo que lo que está en juego es mucho: la percepción del propio cuerpo, de la fertilidad, de la paternidad y maternidad, de los hijos; el respeto, cuidado y aprecio de todo lo anterior en uno mismo y en el otro; el crecer en generosidad o no, el reafirmarnos como capaces de autodominio y fortaleza o no; el ser conscientes de cuándo estamos en días fértiles e infértiles o no tener ni la menor idea.

Cada quien tomará su propia decisión, lo que sí es cierto es que no todas las opciones son iguales de buenas o nocivas, no todas nos hacen más o menos libres. Por eso vale la pena sentarse en la mesa y platicar qué queremos para ambos, para la familia y formarnos un criterio verdadero de lo que objetivamente es mejor, aunque lo mejor, no siempre sea lo más fácil o cómodo.

 


 

Mónica Olvera es licenciada en Educación y Desarrollo con un diplomado de Teología del Amor, especialista en el Creighton Model System, da pláticas prematrimoniales.

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