Por Carlos AYALA RAMÍREZ | UCA – El Salvador |

Como sabemos, la Iglesia católica impulsa diferentes jornadas mundiales en torno a temáticas consideradas centrales para la vida no solo de los cristianos, sino de los pueblos y personas en general. Así, tenemos las jornadas Mundial de las Comunicaciones, de las Misiones, de la Juventud, y de la Paz, entre otras. La semana pasada, el papa Francisco dio a conocer su mensaje con motivo de la primera Jornada Mundial de los Pobres. ¿De dónde surge la necesidad de esta nueva jornada, cuya creación fue anunciada al final del Jubileo de la Misericordia?

Para el papa surge, sustancialmente, de la fe en Cristo, hecho pobre y siempre cercano a los pobres y excluidos. Brota de la exigencia cristiana de ser dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo. El amor cristiano, nos dice, “no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres”. De ahí deriva la centralidad de la nueva celebración, del hecho de que Dios otorga a los pobres su primera misericordia, de la actitud compasiva que Cristo mostró hacia ellos.

En ese contexto, el objetivo de la Jornada es “estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro”. Y “la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad”.

El mensaje papal hace un esfuerzo por identificar a los rostros actuales de la pobreza. Habla de muchas personas marcadas “por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada”. Luego señala que la pobreza tiene “el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero”.

Puede reconocerse en el documento el enfoque que sostiene que la pobreza no puede analizarse desde sí misma, sino siempre en contraposición a otra realidad. Así, en un sentido económico, pobre se contrapone a rico; en un sentido político, a poderoso; en un sentido cultural, el pobre es el analfabeto, en oposición al letrado, y así sucesivamente. En este sentido, el papa destaca que hoy día, “mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad”.

Y a reglón seguido, denuncia la pobreza que “inhibe el espíritu de iniciativa de muchos jóvenes, impidiéndoles encontrar un trabajo […]; que adormece el sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegación y la búsqueda de favoritismos […]; que envenena las fuentes de la participación y reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el mérito de quien trabaja y produce”. Esta perspectiva ha sido reiterada por la teología latinoamericana, al examinar la pobreza no como una fatalidad, sino como una condición socio-histórica. De ahí, su clara opción por los pobres y contra la pobreza. En este marco, optar por los pobres significa optar por la justicia.

Ahora bien, frente a esta realidad de empobrecimiento, el mensaje de Francisco señala, con vehemencia, que no se puede permanecer inactivo ni resignado. Asimismo, exhorta a responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad.

Pero el mensaje no solo habla de la pobreza como un mal que se debe eliminar, sino también de la pobreza como una virtud que debe ser cultivada. ¿Cuál pobreza es esta? Para el obispo de Roma “es una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad”.

Examinando el texto para esta primera Jornada Mundial de los Pobres, viene a la memoria la propuesta del padre Ignacio Ellacuría de cultivar una nueva civilización que erradique la pobreza como injusticia y la cultive en su significado espiritual. Es decir, un tipo de cultura para la cual la satisfacción universal de las necesidades básicas y el acrecentamiento de la solidaridad compartida son factores decisivos para humanizar a las personas y a la sociedad.

La inauguración de esta nueva jornada, pues, nos recuerda que hablar de los pobres no es una cuestión secundaria o puramente teórica, sino lo más urgente y profundo que se le plantea a la Iglesia y al mundo de hoy. Y esa centralidad no significa que los pobres sean objeto de la solidaridad de la Iglesia y de los ricos, sino que ellos sean sujetos de experiencia de fe y de ciudadanía activa. En esta línea, son significativas las siguientes palabras del mensaje papal:

No pensemos solo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos […], deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida.

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