Por Jorge TRASLOSHEROS H. |

Los cristianos formamos una Iglesia, orientada por la caridad, unida en Cristo. Quienes pretendan acabarnos deben enfocar sus esfuerzos en estos tres elementos.

Se puede intentar destruir a la Iglesia mediante una persecución abierta o de baja intensidad. Sólo que, después de dos mil años, nada queda ya por inventar. La Iglesia puede ser reducida en tamaño, pero hasta el momento nadie ha podido acabarla. Una persecución, del tipo que sea, normalmente produce una reacción misionera. Por ejemplo, la primera gran persecución sucedió en la Palestina del siglo primero. Entonces, los cristianos se dispersaron por el mundo antiguo, hasta alcanzar la ciudad de Roma. Esta persecución nos dio a San Pablo, implacable enemigo al principio, y provocó el impulso inicial para que la Iglesia, al cabo de los siglos, echara raíces en cada rincón del planeta.

El segundo modo es terminar con la caridad. Se le puede prohibir, suplantar o mediatizar. Impedirla parece poco viable. Imaginemos que se lograra obstruir el ejercicio de las catorce obras de misericordia. Un mundo así sería una pesadilla y su única alternativa sería la guerra total y global. Los nazis llevaron a cabo el más grande y completo experimento para prohibir la caridad y los resultados son bien conocidos.

A lo largo de la historia, más bien se ha buscado suplantar la caridad por algo parecido, eliminando la semilla subversiva que conlleva. Tomemos el ejemplo del Emperador Juliano, en el siglo IV, de la dinastía de Justiniano. Cristiano de joven, renegó como emperador e intentó destruir al cristianismo mediante la restauración de los viejos cultos paganos. En su afán, junto con una bien pensada campaña de propaganda anticristiana, ordenó que en cada templo se practicara la caridad tal y como lo hacían los cristianos, pero sin predicar a Cristo. Su fracaso es bien conocido. Sus obras no tenían nervio pues carecían de vocación para el servicio.

El caso de Juliano nos recuerda a algunos experimentos de los últimos tiempos. Para suplantar la caridad se crean grandes programas de seguridad social, los cuales siempre chocan con los mismos problemas: se generan grandes burocracias que entorpecen o desnaturalizan su labor, y, les falta nervio y pasión para servir al prójimo, por lo que acaban por servir a los burócratas y políticos de turno. Al final, a esos experimentos de ayer y hoy sólo les queda de bueno lo que les queda de cristianos. Terminan por dar razones a favor de lo que querían suplantar.

Hoy se intenta diluir la caridad por su reducción a buenos actos, sentimentalistas y edulcorados. El resultado son acciones inconexas que terminan por ser incoherentes. No es infrecuente encontrar que, junto con la promoción del cuidado de los animales, lo que es encomiable, se favorezca la eutanasia por considerarla “un acto de bondad” con alguien “cuya vida no merece ser vivida”, sin darse cuenta de la enorme contradicción y deshumanización que implica. Lejos de acabar con la caridad por dilución, hacen su apología por razonamiento en contrario, mostrando la verdad de lo que pretendían eliminar. La caridad fomenta un humanismo integral y es indispensable para cualquier sociedad. Gran verdad evidente a la razón de hombres y mujeres de buena voluntad, sean creyentes, ateos o agnósticos.

El tercer camino para destruir el cristianismo es acabar con Jesús de Nazaret. Tres modos existen. El primero, negar la historicidad de Jesús; el segundo, negar la credibilidad del testimonio de los cristianos de la primera generación, presente en los Evangelios. Quienes se empeñaron en negar la existencia histórica de Jesús sólo consiguieron comprobarla plenamente. Este camino se ha abandonado, aunque aún tiene sus corifeos. Por eso, los esfuerzos de los últimos doscientos años se han centrado en negar la credibilidad de los Evangelios. Al cabo del tiempo, los historiadores y lingüistas han demostrado su veracidad y confiabilidad como documentos históricos. En suma, Jesús sí existió y en los Evangelios sí se encuentra el testimonio de los primeros seguidores del Nazareno. Entonces, creer que Jesús es Cristo constituye un acto de libertad, perfectamente racional, que corresponde a cada persona.

Al final, sólo queda un camino eficaz para acabar con los cristianos: dar muerte a Jesús de Nazaret. El intento más notable y radical se dio en Jerusalén hace casi dos mil años. Entonces los poderosos del tiempo conspiraron para apresarlo, torturarlo y matarlo en la cruz, con sobrado éxito. El único problema es que resucitó.

jtraslos@unam.mx
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