Lo que envejece no es la edad, sino el pecado, “porque esclerotiza el corazón” y por eso, María, “creada en la gracia”, “llena de gracia”, “llena de la presencia de Dios” y por lo tanto sin pecado, es siempre joven. El Papa Francisco ha dedicado el Ángelus de hoy, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, a la “explicación” de la “belleza de María Inmaculada en el Evangelio”.

A las 30.000 personas presentes en la plaza San Pedro para el rezo de la oración mariana, Francisco ha dicho que “el Evangelio, que narra el episodio de la Anunciación, nos ayuda a entender aquello que festejamos, sobre todo a través del saludo del ángel. Él se dirige a María con una palabra que no es fácil de traducir, que significa ‘colmada de gracia’, ‘creada por la gracia’, «llena de gracia» (Lucas 1,28). Antes de llamarla María, la llama llena de gracia, y así revela el nombre nuevo que Dios le ha dado y que se amolda a ella más que el nombre que le fue dado por sus padres. Nosotros también la llamamos así, en cada Ave María”.

“¿Qué quiere decir llena de gracia? Que María está llena de la presencia de Dios. Y si está enteramente habitada por Dios, en ella no hay lugar para el pecado. Es algo extraordinario, porque, lamentablemente, todo en el mundo está contaminado por el mal. Cada uno de nosotros, mirando dentro de sí, ve lados oscuros.  Incluso los mayores santos eran pecadores, y todas las realidades, incluso aquellas más bellas, son corroídas por el mal: todas, excepto María. Ella es el único ‘oasis siempre verde’ de la humanidad, la única incontaminada, creada inmaculada para acoger plenamente, con su ‘Sí’, a Dios que venía al mundo e iniciar así una historia nueva. Cada vez que la reconocemos llena de gracia, le decimos el cumplido más grande, al igual que hizo Dios.  Un hermoso cumplido para hacer a una señora es decirle, con cortesía, que parece joven. Cuando le decimos a María que ella es llena de gracia, de algún modo le decimos también esto, al nivel más alto. De hecho, la reconocemos siempre joven, porque jamás ha envejecido por el pecado. Hay una sola cosa que de verdad hace envejecer interiormente: no es la edad, sino el pecado. El pecado hace envejecer, porque esclerotiza el corazón. Lo cierra, lo vuelve inerte, lo hace marchitar. Pero la llena de gracia está vacía de pecado. Entonces  siempre es joven, es «más joven que el pecado», es «la más joven del género humano» (G. Bernanos, Diario de un cura rural, II, 1988, p. 175)”.

 

“Hoy, la Iglesia le dice un cumplido a María, llamándola toda bella, tota pulchra. Como su juventud no reside en la edad, de la misma manera su belleza no consiste en la exterioridad. María, como muestra el Evangelio del día de hoy, no se desataca por las apariencias: de familia sencilla, vivía humildemente en Nazaret, una localidad casi desconocida. Y no era famosa: incluso cuando el ángel la visitó, nadie lo supo,  ese día no había ningún reportero allí. La Virgen tampoco tuvo una vida agitada, pero sí preocupaciones y temores: estuvo «muy turbada» (v. 29), dice el Evangelio, y cuando el ángel «se alejó de ella» (v. 38), los problemas aumentaron. Sin embargo, la llena de gracia vivió una vida bella. ¿Cuál fue su secreto? Podemos captarlo si seguimos mirando la escena de la Anunciación. En muchas pinturas, María es representada sentada frente al ángel con un pequeño libro. Este libro es la Escritura. María estaba habituada a escuchar a Dios y a entretenerse con Él. La Palabra de Dios era su secreto: cerca de su corazón, luego se hizo carne en su vientre. Permaneciendo con Dios, dialogando con Él en cada circunstancia, María hizo más bella su vida. No es la apariencia, no es lo que pasa, sino el corazón dirigido a Dios es lo que hace hermosa la vida. Hoy, miremos con alegría a la llena de gracia. Pidámosle que nos ayude a permanecer siempre jóvenes, diciendo ‘no’ al pecado, y a vivir una vida bella, diciendo ‘sí’ a Dios”.