Hace 97 años, justo el 19 de junio de 1921, moría asfixiado por la neumonía el poeta zacatecano Ramón López Velarde.

Otro mexicano escritor de versos, su amigo José Juan Tablada, que se hallaba fuera de la patria, escribió entonces este Retablo:

«Un gran cirio en la sombra llora y arde
por él… y entre murmullos feligreses
de suspiros, de llantos y de preces,
dice una voz al ánimo cobarde:
Qué triste será la tarde
cuando a México regreses
sin ver a López Velarde».

Casi un desconocido

En el México de hoy Ramón López Velarde es un orgullo nacional, que hasta le ha merecido dos museos —uno en su natal Jerez, Zacatecas, y otro en Ciudad de México— aunque en realidad la mayoría de la gente no conozcan nada de él salvo, si acaso,  el poema La suave Patria.

José Emilio Pacheco, otro poeta y escritor mexicano, señalaba que «el ser memorizable es una de las cualidades que hacen memorable La suave Patria». Pero no lo decía para rebajarla; al contrario,  apuntaba que mientras otros autores no tuvieron «más remedio que inventarse un poema patriótico declamable en las escuelas», los más famosos versos de López Velarde no son nada de eso, y que «su misterio no se ha agotado y aún invita a toda clase
de interpretaciones».

En su tiempo López Velarde también era casi un desconocido. Cuenta Pacheco que fue gracias a que La suave Patria apareció publicada en una revista de nombre El Maestro,  dirigida por José Gorostiza y patrocinada por José Vasconcelos,  de la cual se repartían cientos de miles de ejemplares gratuitos en Hispanoamérica, «uno cayó en manos del joven [Jorge Luis]Borges. Se aprendió de memoria La suave Patria y no la olvidó nunca».

Y también «es fama que, al morir López Velarde, Vasconcelos fue al castillo de Chapultepec para conseguir que el gobierno pagara las exequias. Álvaro Obregón, uno de los rarísimos presidentes mexicanos aficionados a la poesía y discreto versificador él mismo, …ignoraba quién era el muerto. Vasconcelos le leyó La suave Patria. En su siguiente acuerdo ministerial Obregón la recitó como si la hubiera estudiado mucho tiempo».

De identidad católica

El filólogo español Alfonso García Morales, sin duda el mejor «lopezvelardeano» fuera de México,  dice que, «desde el momento mismo de su muerte, Ramón López Velarde fue mitificado por la cultura oficial revolucionaria como el poeta nacional de México»;  y que «paralela, a veces contrariamente, fue canonizado como poeta moderno, iniciador de la poesía mexicana contemporánea, por sus principales sucesores y críticos, desde Xavier Villaurrutia
a Octavio Paz».

Pero el hecho es que «ambas imágenes apenas dejaron ver una tercera», la de López Velarde como poeta católico.

«López Velarde fue un hombre marcado por una estricta educación católica, a partir de la cual se enfrentó muy conflictivamente a las experiencias de la modernidad, tanto histórica como literaria, y a los debates sobre la identidad nacional, a los tiempos y al país en que le tocó vivir», explica García Morales.

A decir del ensayista y editor mexicano Mauricio Sanders, «López Velarde forma parte de la vanguardia católica mexicana, nutrida por la intensa actividad literaria y cultural impulsada por León XIII»; y «bajo la consigna nova et vetera: unir lo nuevo con lo viejo», ayudó «a renovar la cultura católica».

Pero «conocido por un solo poema, La suave Patria, se le admira en México con admiración gratuita y ciega, que es una forma de la injusticia».

¿Escritor de poemas religiosos?

Explica Sanders: «El mapa del país poético de López Velarde es aparentemente elemental: la provincia, el catolicismo, la amada, el dolor juvenil, la muerte… Sin embargo, López Velarde tenía más complejidad espiritual de la que nos hace creer el mapa de sus temas poéticos. Su drama católico es de una hondura basal y escribe con el afán temerario de mezclar cielo y tierra: la religiosidad de López Velarde es de raíz erótica. En tanto que católico, López Velarde suma a su herencia el folclor y la teología».

Es decir, Ramón López Velarde no fue un escritor de poemas religiosos. Predominantemente es un poeta del amor, donde la mujer es el hilo conductor de su obra, incluso en A la Patrona de mi pueblo, dedicado a Nuestra Señora de la Soledad.   Pero siempre impregnó su obra de su ser católico. Así, tiene poemas con títulos como Cuaresmal y Eucarística que en realidad son de carácter romántico:

«Tu paz, ¡oh paz de cada día!
y mi dolor que es inmortal,
se han de casar, Amada mía,
en una noche cuaresmal.
Quizá en un Viernes de Dolores,
cuando se anuncian ya las flores…».
Sus alusiones litúrgico-teológicas son, pues, muy suyas:
«Pero tú te resistes, hostia ingrata,
a venir al enfermo peregrino,
y aunque tu eterna negación me mata
aguardo humildemente, amada mía,
de rodillas al borde del camino
la luz de mi radiosa eucaristía».
Aun involucrado en la política, jamás negó su filiación cristiana.

Redacción.

Tema de la semana: el más grande poeta católico del siglo XX

Publicado en la edición impresa de El Observador 17 de junio de 2018 No. 1197

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