El Papa Francisco ha ordenado la modificación del número 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la pena de muerte, indicando que «es inadmisible»

El Papa Francisco, en audiencia concedida el 11 de mayo de este año al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Luis F. Ladaria, aprobó una nueva redacción del nº 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica promulgado en 1992, disponiendo que fuera traducida a los diversos idiomas e introducida en todas las nuevas ediciones de dicho Catecismo.

El 1 de agosto, se publicaron estas traducciones en el Bolletino de la Sala Stampa, disponiéndose que la nueva redacción entrará en vigor en la fecha de su promulgación, cuando se publique en L’Osservatore Romano.

El Catecismo, en su punto 2267, enseñaba lo siguiente:

La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.

Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana.

Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo «suceden muy […] rara vez […], si es que ya en realidad se dan algunos» (EV 56)

Ahora el punto 2267 del Catecismo dice:

Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común.

Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. En fin, se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente.

Por tanto la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que «la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona», y se compromete con determinación a su abolición en todo
el mundo.

Con información de InfoCatolica

 

Publicado en la edición impresa de El Observador del 12 de agosto de 2018 No.1205

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