Por Sergio Ibarra

Los «millennials» son una generación frecuentemente etiquetada de lealtad light, hambrienta de retroalimentación y con altas expectativas de desarrollo rápido, ya sea una carrera, oficio o proyectos, lo que les lleva a tener un bajo o nulo compromiso en sus trabajos y en sus estudios. Aprovechar el talento y desarrollar su lealtad será absolutamente crítico en los próximos 10 a 15 años, cuando muchos de ellos asciendan a posiciones de liderazgo en nuestra sociedad.

Crecieron en medio de una auténtica marabunta de información; sin embargo, enfrentan una paradoja: cuentan con más información que cualquier generación previa de la humanidad, pero están más desinformados que nunca; viven en el riesgo permanente de terminar desinformados, destruidos e indignados, cuando se den cuenta de ello y, sobre todo, por la baja profundidad con la que adquieren conocimientos a lo largo de su educación al hacer tareas haciendo copy paste.

Desafían muchas de las prácticas comerciales y costumbres sociales tradicionales; retan a la cultura en la que han crecido y fueron educados, por lo que no es sorprendente que también estén trastornando el liderazgo en las empresas y sus relaciones personales o familiares.

No se sienten atraídos por el dinero o el reconocimiento asociado con las posiciones de liderazgo.

Por el contrario, quieren ser líderes para inspirar a los demás, hacer una diferencia en el mundo y liderar a las empresas que se preocupan más por el resultado final. Creen que las habilidades blandas o humanas los pondrán en la vía rápida hacia posiciones de liderazgo.

Los «millennials» presentan ángulos que los distinguen positivamente: adoptan la tecnología y constantemente buscan formas de mejorar los sistemas. Muchos de ellos quieren dirigir sus propios negocios debido a su baja tolerancia a la ineficiencia. Es un cambio brusco en las actitudes en comparación con la mayoría de los que pertenecemos a la generación anterior, que jugaron a lo seguro al ascender en las filas de las jerarquías corporativas y cuyo mantra se convirtió en una «aversión al riesgo» que a una importante cantidad les llevo a permanecer largo tiempo en un trabajo aguardando una jubilación.

En el contexto de una sociedad interconectada su reto precisamente es incorporarse a la sociedad en forma sana y con principios que les guíen, conservando a la familia como fundamento social. El dilema será lograr un equilibrio entre el poder y la moral, como pilares que legitimen y den un sentido humano a los actos de quienes lleguen a ser líderes políticos, empresariales o académicos en el futuro. El dilema es lograrlo con libertad, pero con respeto a la integridad y la privacidad, en medio de la infinidad de las tecnologías que les rodean.

La sociedad es la que genera drogadictos, prostitución y criminales, vicios que acaban con la dignidad humana. El riesgo es que esta generación, en lugar de distinguirse por ser la que una al mundo, sea la que termine por no saber que hacer con todo esto y se entregue a la facilidad de la piratería de derechos de autor, de fraudes cibernéticos y genere mas vicios de los heredados.

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Publicado en la edición impresa de El Observador del 12 de agosto de 2018 No.1205