Por Luis Antonio Hernández

Durante su homilía del domingo nueve de septiembre, el arzobispo primado de México, cardenal Carlos Aguiar Retes, recordó la importancia que en este tiempo tiene el abrir nuestros oídos y cultivar la capacidad de conversar y actuar con nuestro prójimo como en su momento lo hizo Jesús.

Como Él, nosotros también podemos transmitir esa presencia de Dios que está en nuestro interior y en el interior de los demás. Para lograrlo es necesario que nuestra comunicación con los demás no se reduzca a aspectos superficiales del día a día, como los últimos acontecimientos deportivos, el clima o rumores de la política y el espectáculo, sino que podamos llegar a conversaciones de fondo y trascendencia acerca de nuestras motivaciones, de lo que nos hace ir adelante en la vida, de aquello que representa nuestra esperanza, de lo quisiéramos para nuestra familia, comunidad y país.

En los últimos años los modelos educativos, así como la dinámica social, nos han acostumbrado a mirar más lo externo de las personas que al ser humano mismo, contribuyendo con ello a arraigar un profundo proceso de desvinculación comunitaria, que ha contribuido a que fenómenos como la inseguridad, la corrupción, la normalización de la violencia y el debilitamiento de las instituciones y los valores que históricamente han dado cohesión y viabilidad a la sociedad, crezcan de manera exponencial.

Hoy en día es urgente alentar una cultura de rechazo a todo aquello que dañe a la comunidad, es necesario volver a reconocernos como miembros de una misma familia, construir una casa común que este edificada sobre los pilares de la tolerancia, el respeto, la reconciliación y la unidad nacional.

En el marco del 208 aniversario de la independencia de México y a menos de diez semanas de distancia de que se concrete un nuevo cambio de poder en nuestro país, debemos concentrarnos en alimentar un espíritu de fraternidad y entendimiento que abone a la restauración del tejido social.

Al ser el segmento mayoritario de la población (83%), los católicos tenemos la responsabilidad de participar activamente en la construcción del bien común y el desarrollo integral de nuestra nación.

Debemos aprender y enseñar a abrir nuestra mirada y nuestro corazón para buscar el interior de las personas, no solamente su apariencia o color político.

Hoy es tiempo de unidad, de mirar hacia adelante con fe y esperanza, pero sobre todo con la firme voluntad de construir entre todos una sociedad más justa, reconciliada y en paz, en dónde la máxima premisa sea el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, durante todo el arco de la existencia del ser humano, desde que se concibe y hasta su desenlace natural, procurando, además, que existan oportunidades para el desarrollo integral de todos.

Es momento de escuchar, de dialogar, de escribir un nuevo capítulo en la historia de nuestra patria, de hacer obras que dejen olor a Evangelio.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 23 de septiembre de 2018 No.1211