Por José Francisco González González, obispo de Campeche

La presencia de Jesús en el templo de Salomón es motivo de conflicto con distintos personajes, que no comprenden la novedad del mensaje de Cristo. Ahora, el turno lo tienen los escribas. Estos eran los mejores expertos en cuestiones de la Biblia, de las Escrituras. Era una élite religiosa, de mucha importancia en la vida religiosa y social del pueblo.

Para hacer simetría, en la narración (Mc 12,38-44) también aparece una viuda. La fe de la viuda es una fe de gratuidad: Confianza en Dios, que se traduce en gesto de gratuidad abierta hacia los demás.

Ella no conoce de Biblia (como el escriba), no pide ver (como el ciego de nacimiento). Ella sólo quiere participar del Reino de Dios, aunque es una mujer abandonada, no tiene marido, pues ha muerto.

La gente seguía a Jesús. En sus palabras, encontraba una fuerza de coherencia, que no había visto ni experimentado en otros predicadores de la época. Jesús protesta contra las estructuras, incluso religiosas, que someten al pueblo; mas, no sólo es la protesta, puesto que también transpira una alta espiritualidad mística, pero con los pies en la tierra.

¡CUIDADO CON LA VANIDAD!

Por primera vez, Jesús previene a la gente respecto a los escribas. La pone en guardia contra la vanidad (religiosa), que lleva a la ansiedad por llamar la atención. Los escribas ostentan vistosas prendas; gustan ser reverenciados en las plazas públicas; están sedientos de admiración; y están dispuestos a alcanzar el culmen de la fama, por cualquier medio. Casi dan a entender aquella frase que se atribuye a Nicolás Maquiavelo: El fin justifica los medios.

Esta pueril búsqueda de honores exteriores no hace más que delatar una falta de auténtica autoridad. La vanidad nunca va sola. Casi siempre tiene su gemela: La codicia, el afán de dinero, ‘acuatada’ con la hipocresía.  Usan de la religión y de su ascendencia popular para esos fines. Han separado el culto a Dios de la justicia; y en vez de servir a los más desprotegidos, se aprovechan de la vulnerabilidad de los pobres para sus fines.

EJEMPLARIDAD DE LA VIUDA POBRE

Después de darle “una pasadita” a los escribas, Jesús cambia de escenario. Se sienta frente a la alcancía del templo. Había trece de ellas dispersas en esta área cultual. Cada una tenía un letrero para lo que se destinaba el dinero aportado por los fieles. Las monedas eran de tamaños diversos, según su valor. Entre más valiosas, más grandes.

Una pobre e insignificante viuda, deposita dos diminutas moneditas. No hacen casi ruido. No llama la atención de nadie. Era lo único que tenía. Ella dio “todo lo que tenía para vivir”. Ella se despoja de lo que tenía, pero por su fe en Dios, lo deposita en un lugar, donde no se administraba correctamente. En la administración del templo había corrupción. Ya Jesús había preanunciado que no quedaría “piedra sobre piedra”, de la admirable construcción del templo.

La moraleja, en la misma narración, es clara: La viuda no ha pedido nada, no quiere que se le alabe, no pretende llamar la atención. Ella sólo quiere tener una conciencia limpia delante de Dios.

No debemos dejar de recordar que en la escena descrita Jesús ha invitado a sus discípulos a ser espectadores. Ellos, por invitación de Jesús, contemplan algo que jamás hubiesen pensado percibir.  Este gesto de la viuda, que ellos no habrían visto, porque la ceguera no les dejaba ver. Empero esa escena será anticipatoria de la actitud del Maestro. Él se despojará de todos su bienes, de su misma vida, para entregarla sin reservas a la humanidad por petición del Padre. Lo hace voluntariamente (Jn 10,18), sin recriminaciones.

¡El Señor ama a los justos!