Por Luis Antonio Hernández

Frente a las tendencias mundiales que apuestan al individualismo es indispensable que asimilemos que la familia constituye hoy en día la esperanza, el futuro del mundo y la cultura humana.

La solución a la mayoría de los problemas sociales que hoy en día afectan a la humanidad pasa por la promoción de políticas que permitan fortalecer y revalorar a la institución familiar, como el núcleo privilegiado donde se transmiten la vida y los valores, al mismo  tiempo que se siembra la semilla de una
nueva sociedad.

Apenas hace un par de semanas, durante el rezo del Ángelus en el Palacio Apostólico del Vaticano, el Papa Francisco reflexionó acerca del matrimonio: «Desde el inicio de la creación Dios les hizo hombre y mujer, por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos se convertirán en una sola carne».

Este pasaje del Evangelio de San Marcos resume de manera contundente la esencia de las relaciones humanas, la complementariedad, la donación recíproca, la solidaridad, el amor y el origen de la existencia humana.

Sin embargo, a pesar de que el porcentaje de personas que actualmente viven en matrimonio continúa siendo mayoritario, es indiscutible que año con año esta cifra disminuye.

De acuerdo con datos proporcionados por el INEGI, en nuestro país el 58.1% de la población está casada o se encuentra dentro de una situación conyugal, siendo el segmento de 15 a 29 años de edad el que concentra el mayor indicador de vida en pareja con 73.3%.

Este resultado refleja la percepción que prevalece en la sociedad respecto de la familia; por ejemplo, la Encuesta Nacional de Juventud 2010, levantada por el Instituto Mexicano de la Juventud, demuestra que la familia es la institución que más confianza brinda a las personas, particularmente a los jóvenes.

De acuerdo con cifras oficiales, entre los años 2000 y 2015 el índice de matrimonios se redujo en 31.4%, mientras que el número de divorcios se incrementó en 136.4%, durante el mismo periodo.

Además del fantasma de los intereses individuales, la propia satisfacción y autorrealización, que hoy se ciernen sobre el núcleo familiar y la organización matrimonial, no podemos ignorar la existencia de importantes factores socioeconómicos que día a día tienen mayor injerencia en la realidad cotidiana de la juventud y su decisión de aplazar o renunciar a la formación de un hogar, como: la dificultad de encontrar un empleo seguro, que les permita acceder a esquemas de seguridad social y adquirir una casa, aspectos que parecen cada vez más lejanos del futuro de los millennials.

El fortalecimiento de la familia, la revaloración del matrimonio y la maternidad como la fuente de la vida y la sustentabilidad de la civilización humana, son temas que seguramente surgirán dentro de las conclusiones del Sínodo de los Jóvenes, que actualmente se
lleva a cabo.

Un punto fundamental de encuentro será lograr transmitir a la juventud católica del mundo la fe, confianza y esperanza necesarias para enfrentar, de la mano de Dios, los retos que la sociedad y la economía contemporáneas imponen a su misión original, preservar y difundir los valores e instituciones

de la iglesia, de la humanidad misma. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 21 de octubre de 2018 No.1215