Por José Francisco González González, obispo de Campeche

Al inicio de su Evangelio, San Lucas nos explica cómo fue conformando el material para escribir una obra, cuidadosamente elaborada en su forma y literariamente hermosa. El dato que aparece a primera vista es que la figura de Jesús va a ocupar el centro de la narración, en la que Dios mismo nos ofrece su rostro y su palabra. Esa historia inicial tiene su segunda parte con la historia de la Iglesia, narrada en Hechos de los Apóstoles.

En esta perspectiva se coloca el pasaje de este III Domingo del Tiempo Ordinario (Lc 4,14-21). Como fondo está la certeza de que Jesús actúa con la fuerza del Espíritu Santo.

Según San Lucas, el inicio de la predicación de Jesús es un momento de gracia: “Hoy se cumple la Escritura” (Lc 4,21). El motivo para que se dé el cumplimiento es que el Espíritu ha bajado ya sobre la tierra. Así, se subraya algo importante: Desde el principio de la vida pública de Jesús, Lucas muestra que la fuerza y realidad del Reino es Cristo presente entre los hombres.

EL ESPÍRITU SANTO ES LIBERACIÓN

El Reino ya no será más sólo una meta de simple futuro. El Reino es la verdad, la novedad del mundo que Cristo suscita en torno de su vida. Por eso, desde que el Espíritu Santo se hace presente hay una profunda transformación. Los más beneficiados son los más necesitados: Los ciegos, los pobres, los cautivos, los enfermos, los oprimidos.

Jesús al leer un texto del profeta Isaías en la Sinagoga de Cafarnaúm está anunciando la llegada de los tiempos mesiánicos. Lo primero sensible en estos tiempos del Mesías es la presencia y actuación del Espíritu Santo. Él es la fuerza que conduce hacia la liberación y hacia la manifestación completa de la justicia. Así lo había vaticinado también Isaías (11,1-2).

El Espíritu va a generar un cambio positivo en cuatro sectores de la población: Los pobres, los cautivos, los oprimidos y los ciegos. En estas formas se condensa la miseria del hombre sobre el mundo.

Así, por ejemplo, en estos cuatro sectores están comprendidos los que padecen por un motivo de origen biológico (ciegos), los que sufren por la maldad de los otros (oprimidos y cautivos) y los que soportan un desorden social y una penuria de medios económicos (pobres). En todos éstos, la miseria del mundo en su conjunto se halla abierta y expectante ante el Espíritu de la nueva creación (el año de gracia) que debe mostrarse y hacerse presente.

La llegada de Jesús en sí misma es una “buena nueva”, porque Él, con la fuerza del Espíritu Santo, hará realidad la transformación de la miseria del hombre en bonanza de felicidad. Esa transformación radical culminará en la Pascua.

TRES ENSEÑANZAS A TENER EN CUENTA

Tres son las enseñanzas principales en el Evangelio de hoy; a saber: a) Nosotros debemos seguir a Jesús y le debemos aceptar como Aquél que viene de Dios y nos transmite la fuerza de su Espíritu; b) Aceptar a Jesús significa actualizar su obra de liberación para los hombres. Según san Lucas sólo el que anuncia la buena nueva de Dios a los pobres, propicia la liberación de los hombres, ayuda a los enfermos, libera a los cautivos, y visita a los encarcelados, habrá entendido el mensaje de Jesús. c) Por último, un verdadero creyente en Jesús deberá conocer, con solidez, su mensaje y su palabra contenidos en el Evangelio. Por eso, el evangelista ha sido tan cuidadoso en recoger las cosas sucedidas en su tiempo, para que nosotros las conozcamos y las meditemos en su profundidad.

Jesús ya nos mostró el camino de la liberación. Ahora nos invita a todos los creyentes a sumarnos a ese proyecto de liberación. En otras palabras, sólo en la medida en que ayudemos a los pobres hasta el fin, aceptaremos el Espíritu de Cristo y tenderemos en verdad hacia su Pascua.

Encomendamos a los afectados en su salud y en su vida por la explosión en Hidalgo.

¡Ven, Señor Jesús!