Por Jaime Septién

Así como el papa Inocencio III soñó a Francisco de Asís sosteniendo con su cuerpo la basílica de San Juan de Letrán, el papa Francisco, en el proemio de la Exhortación Apostólica Postsinodal “Querida Amazonia” expone cuatro “grandes sueños” que la propia Amazonia le inspira y que, de cumplirse, podrían significar la reconstrucción de la Iglesia católica… y del mundo occidental cristiano.

El Santo Padre sueña con una Amazonia que luche por los derechos de los más pobres; que preserve su riqueza cultural; que custodie su “abrumadora hermosura natural” y que la comunidad cristiana se entregue y se encarne en ella para propiciar una novedad eclesial y civilizatoria “con rasgos amazónicos”.

Bien advierte el papa Francisco que su Exhortación no solo es válida, por así decirlo, para los ocho países que toca el enorme río; es válida para todo el mundo.  Y en este caso, México no es la excepción.  Antes al contrario: México debería tomar una responsabilidad “con rostro amazónico”, de acuerdo a los sueños de Francisco.

¿Cómo?  Haciendo de los más pobres, de los pueblos originarios, de los últimos, una opción preferencial (y no una mera carta electoral); preservando la riqueza cultural que nos viene de antiguo y que nos hemos empeñado en ocultar, ignorar, desechar y corromper.  También, respetando la riqueza natural y propiciando –los cristianos en principio—una conversión ecológica que habrá de derivar en una civilización del amor.

Lo que la Amazonia puede darle a la Iglesia, a México y al resto de la cristiandad es algo maravilloso: sentido y trascendencia.