Por José Francisco González, obispo de Campeche

La crisis del coronavirus nos ha sacudido, como sociedad, profundamente. Lo hizo, primeramente, en el Continente Asiático, con la grande y poblada nación de China. Luego, en Europa, particularmente con Italia y España. Ahora, las afectaciones han llegado a América, a nuestro México, a nuestro Estado de Campeche.

Esa “pandemia”, como la ha calificado ya la Organización Mundial de la Salud, ha mostrado lo endeble que somos como seres humanos. Los grandiosos y maravillosos descubrimientos tecnológicos y científicos habían hecho creer que los hombres podíamos ya vivir sin Dios.

Nos considerábamos estar bastante ‘adelantados’ (dato muy cierto) y que podríamos ser autónomos de nuestro Padre Creador. La tentación de Babel, con versión remasterizada. Pero, ¡Oh decepción! ¡Volvemos a ver nuestra real pobreza! Resurge nuestro pavor al sufrimiento y, por ende, a la muerte.

Viene bien, en este contexto, traer a colación la frase de san Pablo, a propósito del valor salvífico del sufrimiento y de la humillación: “Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

El Papa Juan Pablo II aseguraba que el sufrimiento humano suscita compasión, respeto y atemoriza. El mismo Papa santo subraya que esta experiencia humana nos lleva la necesidad del corazón y nos manda vencer la timidez y el temor (Salvifici doloris, 4).

¿TIENE SENTIDO SUFRIR?

La pandemia ha hecho muy sensible el temor a sufrir la enfermedad de manera masiva. Con la inestabilidad que ha provocado el coronavirus (y otras enfermedades pandémicas), aparecen, de nuevo, las preguntas: ¿Qué es el mal? ¿por qué sufrimos? ¿Dios puede evitar el sufrimiento de nosotros?

A Ello podemos responder que el bien de la existencia y el bien de lo que existe expresa la bondad de Dios creador. Las criaturas gozan de ese bien de Dios. Pero el hombre sufre a causa del mal, que es una cierta falta, limitación o distorsión del bien. Se puede decir que nosotros sufrimos “a causa del bien”, del bien que no participamos, del cual hemos, en cierto modo, estado excluidos o privados. En otras palabras, la realidad del sufrimiento se explica por medio del mal que está siempre referido, de algún modo, al bien (Cf. SD, 7).

Cuando entramos en el mundo del sufrimiento se provoca dispersión, pero al mismo tiempo, contiene un desafío a la comunión y a la solidaridad, como es el caso que estamos viviendo. El pánico nos puede hacer ‘olvidar’, que hay que apoyarnos unos a otros.

Una falsa interpretación del sufrimiento es pensar que eso es castigo por nuestros pecados. Ya desde el Antiguo Testamento (cf. Job) se subraya el valor educativo de la pena del sufrimiento. Eso nos debe llevar a la conversión. Los castigos no vienen para la destrucción, sino para la corrección del pueblo de Dios, para la reconstrucción del bien.

PONER MÁS ATENCIÓN A LA PREVENCIÓN

Dado que han comenzado a aparecer personas afectadas por el coronavirus, debemos poner más atención a la prevención (lavarse frecuentemente las manos, desinfectar las superficies, evitar lugares muy concurridos, resguardarse en casa). Además de esas medidas preventivas, aprovechar para convivir más con los familiares, ordenar y limpiar la casa y hacer una calma en el frenético actuar ordinario.

En esta contingencia, una dimensión de nuestra vida a resaltar es la espiritual. Darle tiempo a la oración, hacerla con calma. Apoyarse con un buen texto reflexivo y con la misma Palabra de Dios (la Biblia). Intensifiquemos nuestra súplica y oración a Dios por esta necesidad. Digamos con san Pablo (Flp 4,19):

¡Señor, provee a nuestras necesidades!