XXV Domingo tiempo ordinario (Mt 20,1-16)

Por P. Antonio Escobedo c.m.

El protagonista es un terrateniente con una gran finca que necesita de mucha mano de obra. Como buen empresario, tiene capacidad para contratar a un gran número de trabajadores. No es un empresario al estilo moderno porque se comporta de una manera extraña al momento de pagar los salarios. Tampoco es un ricachón que se dedique a disfrutar de los productos del campo dándose la buena vida. Antes de ver el sol por la mañana ya se ha despertado y se encuentra en la plaza del pueblo contratando a quien esté disponible pagando el salario mínimo de aquel entonces: un denario. Después regresará tres veces del campo al pueblo en busca de más mano de obra: a las 9 de la mañana, a las 12, incluso a las 5 de la tarde. A estos no les dice cuánto les pagará pero parece no interesarles. Habrán pensado que algo les iba a dar. De eso a nada es mejor tomar lo que llegue.

Hasta ahora todo va bien. Un propietario rico preocupado por su finca y por la gente que terminará el día sin nada que llevar a su casa. Pero, al final, se comporta muy raro: al atardecer, cuando llega el momento de pagar, ordena al administrador que empiece por los últimos. Éstos se habrán sorprendido al recibir un denario por tan sólo una hora de trabajo. ¡Qué buen negocio! Es lógico que el resto de obreros hayan empezado a imaginar que recibirían un salario mejor, especialmente los que llegaron a las 6 de la mañana. Ilusiones falsas que se hicieron a sí mismos. Al final reciben lo que se les había prometido. ¿Parece sensato que reclamen? El terrateniente no ha cometido ninguna injusticia, ha pagado lo acordado. Si paga lo mismo es por bondad porque sabe que necesitan el denario para vivir, aunque muchos de ellos sean vagos e irresponsables.

¿Por qué actúa de esta manera el terrateniente? Podría haber pagado a los primeros, dejarlos partir y, al final, pagar a los otros sin que nadie se enterase. ¿Por qué tal actitud tan provocadora? Estas preguntas se desvanecerán si recordemos que Jesús está narrando una parábola, es decir, una especie de cuento y, por tanto, necesita poner drama a lo que dice para captar nuestra atención y darnos una lección. Sin el escándalo y la indignación no caeríamos en la cuenta de la enseñanza.

Para entender mejor la parábola debemos tener presente que la comunidad de san Mateo estaba formada por cristianos procedentes del judaísmo y del mundo pagano. Predicar que Dios iba a recompensar igual a unos que a otros podía levantar enojos. El judío se sentía superior a nivel religioso: su compromiso con Dios se remontaba hasta Moisés; había cumplido los mandatos y decretos del Señor; no había faltado un sábado a la sinagoga. ¿Cómo iban a pagarle lo mismo a esos paganos recién convertidos que habían pasado gran parte de su vida sin preocuparse de Dios?

Nosotros, católicos que hemos cumplido desde niños la voluntad de Dios, que vamos a Misa cada domingo, que colaboramos en la iglesia, damos nuestros donativos ¿como reaccionamos al enterarnos que Dios va a compensarnos igual que a la gente que sólo va a la iglesia para entierros y bodas y que interpretan la moral cristiana según les convenga? A algunos de nosotros podrá parecernos una gran injusticia. Dios no lo ve así. Si regala lo mismo no es por justicia, sino por bondad.

¿Seguimos al Señor por conveniencia o porque realmente lo amamos?