Por P. Fernando Pascual

Asumir las propias responsabilidades no resulta fácil. Por ello existen excusas y estrategias más o menos sofisticadas para eludirlas.

Entre esas estrategias, una consiste en culpar a otros de los problemas. Si un territorio está contaminado, por ejemplo, se señala la culpa de las fábricas, o de enteras regiones geográficas como si sus habitantes fueran la causa de males concretos.

Es cierto que si no se produjeran tantos plásticos y no hubiera tantos compradores que los usaran, habría menos contaminación. Pero fijarse solo en los productores sin decir nada sobre el pésimo sistema de organización de algunos ayuntamientos en la recogida de basura sería olvidar un punto que tiene su relevancia.

Por eso, en vez de lanzar acusaciones genéricas contra grupos enteros de la población, contra clases sociales, contra ciudades o contra pueblos, hay que ir a fondo en los fenómenos para establecer un cuadro general de responsabilidades.

Ello no implica tratar a todos por igual: la responsabilidad que tiene un caminante que tira un plástico por la montaña no es la misma que la de un fabricante que escoge materiales contaminantes para sus productos.

Hay que recordar, además, que se dan situaciones y acontecimientos tan sorprendentes e imprevisibles que resultaría injusto buscar responsabilidades sobre los mismos. Pero incluso ante ese tipo de situaciones, cada uno puede poner su grano de arena para paliar daños, para socorrer a necesitados, y para reconstruir lo que haga falta.

Todos tenemos nuestras responsabilidades, grandes o pequeñas. Reconocerlas y asumirlas con sencillez y con honestidad ayudará a que el mundo pueda ser un poco más justo, más limpio, más acogedor, más bello.

Esas responsabilidades, es bueno recordarlo, también estarán orientadas hacia el horizonte que culmina todo el devenir humano: hacia el encuentro, tras la muerte, de un Dios que nos encomendó un día la tarea de cuidar el mundo en el que vivimos, y nos pide buscar continuamente el bien de cada hermano nuestro.