Por P. Fernando Pascual

En todo pecado está presente el deseo de lograr algo que parece bueno: un placer, un enriquecimiento, un aplauso, una fuga ante situaciones difíciles, un descanso.

Sin embargo, todo pecado es un camino hacia la nada, hacia la muerte, hacia el fracaso, hacia la mentira.

No siempre lo vemos así, porque nos dejamos engañar, o porque las pasiones nos arrastran, o porque preferimos vivir según lo que pide el mundo y no según lo que pide Dios.

Ante los peligros del pecado, necesitamos recordar la invitación que Dios hizo al pueblo de Israel tras salir de Egipto.

“Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia” (Dt 30,15). La vida está en escuchar y poner en práctica los mandamientos, y así amar a Dios. La muerte, en desviarse y dar culto a otros dioses (cf. Dt 30,16-20).

Cristo lo explicaba así: “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16,25‑26).

Santa Catalina de Siena, en sus escritos, ponía en boca de Dios una invitación a apartarse del pecado, que lleva a la nada y a la muerte, para escoger el camino del bien, que conduce al ser y a la vida.

“¡Oh ceguera humana, que no consideras tu propia debilidad! De señor, te has convertido en esclavo del peor señor que pueda existir, esto es, del pecado. Te has convertido en la misma cosa que sirves. El pecado es nada; en nada te conviertes. Te quitas la vida y te das la muerte” (Santa Catalina de Siena, “Diálogo”).

Cada elección que realizamos nos introduce en un camino. Escoger el pecado es entrar en el camino hacia la nada, hacia el mal, hacia la mentira, la injusticia, el desamor.

En cambio, escoger el Evangelio, aceptar la llamada a la conversión, nos coloca en el camino del bien, de la belleza, de la justicia, del amor auténtico.

Hoy decido a dónde me dirijo. Por eso pido a Dios su ayuda, para que pueda darle plenamente mi libertad, según la famosa oración de san Ignacio de Loyola en sus “Ejercicios espirituales”:

“Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo distes, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta”.