Por P. Fernando Pascual

Ante la situación del mundo surgen continuamente preguntas: ¿qué está pasando realmente? ¿Quiénes son los protagonistas de las decisiones más importantes? ¿Existen planes y agendas para controlar el futuro?

No resulta fácil encontrar respuestas bien fundamentadas. En parte, por la complejidad de los hechos. En parte, por la existencia de desinformaciones. En parte, porque hay quienes actúan detrás del escenario de algunos acontecimientos que dejan una huella profunda en el mundo.

A pesar de tantas dificultades, es posible retomar un análisis sencillo que permite comprender un poco mejor lo que pasa a nuestro alrededor. Fue escrito por san Agustín, precisamente en un momento de grandes cambios en lo que era el Imperio romano.

El análisis es conocido en su formulación más sintética: “dos amores construyeron dos ciudades, el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celeste” (San Agustín, “La ciudad de Dios”, libro XIV, 28).

El texto refleja las dos opciones que cada ser humano, en lo personal y en grupo, tiene ante sí. La primera surge desde ese amor propio que termina en el desprecio de Dios. La segunda arranca del amor a Dios que lleva al desprecio de uno mismo.

El texto de san Agustín desarrolla algunos detalles que diferencian a las dos ciudades. El primero consiste en el tipo de gloria: la ciudad terrena se glorifica a sí misma, la ciudad terrena se orienta a dar gloria a Dios.

La segunda diferencia radica en el deseo de dominio: la ciudad terrena busca someter, controlar, esclavizar, desde una ambición de poder que genera tantos males. La ciudad celeste se construye desde el servicio, la renuncia, la entrega.

La tercera diferencia radica en la fortaleza: la ciudad terrena está en manos de los poderosos (hoy diríamos, en quienes viven de la violencia, del abuso, de la explotación de los débiles). La ciudad celeste recurre a Dios como su verdadera fortaleza.

La cuarta diferencia está en el modo de buscar los bienes (del cuerpo o del alma, o ambos). La ciudad terrena los busca sin conocer ni dar gracias a Dios, hasta llegar a la idolatría. La ciudad celeste piensa y vive según la verdadera piedad, la que rinde culto a Dios y busca que Él llegue a ser todo en todos.

Ante lo que pasa en el mundo, ante los miedos difundidos en la prensa, ante los proyectos defendidos por intelectuales o por organizaciones nacionales o internacionales, ante las decisiones de los parlamentos y los gobiernos, hay que preguntarnos siempre: ¿qué amores mueven a unos y a otros?

Quienes buscan construir un presunto mundo perfecto lejos de Dios, incluso contra Dios, están bajo el influjo del mal, y llevan al pecado, con todas sus consecuencias nefastas a lo largo de los siglos y también en nuestros días.

En cambio, quienes trabajan por un mundo abierto a Dios y, por lo mismo, orientado hacia el bien temporal y eterno de cada ser humano, permiten la conversión auténtica, promueven decisiones basadas en la esperanza, y trabajan por el triunfo de una civilización del amor y de la verdadera paz.