Por Miguel Aranguren

El Papa Francisco es un cura de a pie. Nos lo dicen sus zapatones negros, cuyas suelas acumulan incontables kilómetros de asfalto y de calles sin asfaltar en las villas miseria de Buenos Aires a las que acudía una vez por semana, en transporte municipal, desde que fue nombrado arzobispo de la metrópoli. Esas suelas, parcheadas por algún zapatero remendón, ahora pisan los mármoles de los palacios vaticanos y las alfombras de nudo de seda, pero también el comedor más o menos público de Santa Marta, la bulliciosa residencia que escogió a modo de hogar.

Al leer sus documentos, me da la sensación de que Francisco no es un teólogo de primera línea, como sus directos predecesores, cultivados en las aulas universitarias de la Europa decadente. El argentino viene de otro tipo de escuela, más de púlpito y despacho parroquial, de quien tiene que mantener activos los numerosos brazos de una Iglesia hundida en el barro del mundo. No es que Benedicto XVI desconociera este tipo de labor, mucho menos san Juan Pablo II, curtido en todas las experiencias que puede vivir un sacerdote, pero lo de Bergoglio es más de andar por casa, de llevar un ejemplar gastado del Evangelio en el bolsillo de la chaqueta y de pasar muchas horas absolviendo en nombre de Cristo los pecados de las ancianas piadosas, de los oficinistas que pelean por ser fieles, de las madres de familia que se arrodillan para decir sus pecados con el hijo más chico a horcajadas, de los jóvenes que sobreviven en la miseria con la dignidad de quien representa a la Iglesia, sin saberlo, en el ajetreo de la barriada.

De este modo Francisco conoce bien la naturaleza del hombre del siglo XXI, que aun siendo la misma que caracteriza al ser humano desde el inicio de los tiempos, tiene peculiaridades propias de este tiempo. Así, habla con franqueza de las nuevas esclavitudes, que pasan por el individualismo que aflora en las grandes ciudades, en los pueblos y hasta en el refugio familiar; de las nuevas tecnologías, con la oportunidad de transmitir tantas cosas buenas, pero también con el riesgo de generar dependencia, no solo a vicios lamentables que pudren el corazón, sino a una curiosidad intrascendente que nos impide cultivar el espíritu; de la atención amorosa a los débiles: los mayores, los enfermos, los niños, a los que hay que mirar con ojos distintos a los que proponen los poderes públicos, que los consideran ciudadanos improductivos a los que hay que aparcar y, en el peor de los casos, quitar de en medio con una inyección aséptica o con la fría contabilidad de las víctimas del Covid. Y habla mucho, pero mucho, de los pecados de la lengua, que son los chismorreos de siempre, la ociosidad de quien aprovecha el tiempo libre para juzgar en voz alta a los demás y para darse coba. Y es de estos pecados de los que iré escribiendo en próximas columnas.

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Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 4 de abril de 2021 No. 1343