Por P. Fernando Pascual

Hay aspectos de la teoría política de Platón que son ampliamente conocidos: la división de los ciudadanos en tres grandes grupos, el proyecto de que los filósofos lleguen a ser gobernantes, la igualdad entre hombres y mujeres en los cargos públicos y en el ejército, el comunismo de bienes y de familiares en los dirigentes y guardianes.

Otros aspectos, sin embargo, no siempre son recordados, sobre todo cuando Sócrates presenta, al inicio del libro II de la “República”, una teoría sobre el origen del Estado desde algunos sencillos criterios fundamentales.

¿Cuáles son esos criterios? El primero consiste en reconocer que los seres humanos no son autosuficientes, no pueden sobrevivir solos, por lo que necesitan continuamente el apoyo de otros. Gracias a ese apoyo mutuo, las personas se complementan desde sus respectivas habilidades y competencias.

Así aparece el segundo criterio: para realizar de modo adecuado una tarea que ayuda a otros, por ejemplo, el cultivo de la tierra, o la medicina, o la defensa de la ciudad, hace falta especializarse, pues los seres humanos solamente pueden emprender bien una única actividad. Quien aspira a ejercer varias profesiones o actividades a la vez, no logrará la perfección (la virtud, la excelencia) en ninguna de ellas.

El tercer criterio se fija en el tema de la oportunidad. Para que una persona realice su profesión de modo óptimo, necesita contar con plena disponibilidad para la misma, de forma que ejercite su trabajo en los momentos adecuados y sin retrasos perjudiciales.

Ello es bastante claro en el tema del cultivo de la tierra: si un campesino debe preocuparse por hacer su vestido, arreglar las paredes de su casa, y otras actividades, no estará disponible para preparar la tierra a la siembra cuando llega el momento para ello.

Estos criterios han recibido y reciben diversas críticas, sobre todo lo que se refiere a la división de ciudadanos según sus aptitudes. Experiencias totalitarias del siglo XX, como el comunismo o el nazismo, han mostrado hasta qué punto el control férreo del Estado sobre los individuos, y su distribución en las distintas profesiones desde arriba, implica riesgos y abusos de todo tipo.

También la literatura ha denunciado esa tesis. Podemos recordar novelas como “1984”, de Orwell, o “Brave new world” de Huxley, o, recientemente, “The Giver”, de Lowry.

Sin dejar de reconocer los riesgos que surgen si el Estado busca imponer a la gente lo que tienen que hacer, no podemos negar que también los sistemas democráticos buscan un buen servicio profesional de cada trabajador en los diferentes ámbitos de la vida, lo cual se acerca mucho a la tesis platónica de que resulta beneficioso a la ciudad el que cada uno se especialice en aquello para lo que estaría mejor dotado.

A lo largo de la historia se han elaborado muchas teorías políticas que todavía hoy generan interesantes debates y ayudan en la búsqueda de leyes, de sistemas educativos, de organizaciones laborales, orientadas a un objetivo clave que Platón ya había reconocido en su tiempo: el buen funcionamiento de la ciudad en su conjunto redunda en el bien de todos y de cada uno de los ciudadanos.

Sobre las maneras de lograr ese objetivo las discusiones pueden ser casi interminables. Pero no podemos negar que pueblos, ciudades, Estados y asociaciones internacionales orientados a buscar el bien común, deberán siempre tener en mente en qué maneras tal bien común es alcanzado desde la colaboración de personas competentes y honestas, de ciudadanos que sepan servir a la colectividad gracias a la excelencia alcanzada en sus respectivas profesiones.