De cara al G20 de otoño, una nota del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral y la Academia Pontificia para la Vida refuerzan la necesidad de garantizar el acceso universal a la vacuna.

Muchos han calificado de escándalo moral la desigual distribución de las vacunas a nivel internacional. La Cumbre Mundial de la Salud que se celebrará en Roma, en vísperas del G20 de este otoño, ofrece una nueva oportunidad para poner de relieve la necesidad de un acceso universal a las vacunas Covid-19, en consonancia con la nota de la Academia Pontificia para la Vida y la Comisión vaticana Covid-19 “Vacuna para todos. 20 puntos para un mundo más sano y más justo” (29.12.2020). En algunos países de renta alta, estamos viendo cómo se acumulan dosis hasta cinco veces superiores a las necesarias para la población, y la administración de vacunas es hasta 30 veces superior a la de los países de renta baja. No basta con limitarse a enunciar el principio del acceso universal para evitar millones de muertes en poco tiempo. Nuestra responsabilidad moral y política es más bien la de movilizarnos: cada uno de nosotros está llamado a desempeñar su papel para que las vacunas estén realmente al alcance de todo el mundo.

Hay muchas razones para asumir este compromiso. La primera es una simple constatación: Protegiendo a los demás, me protejo yo también. A menudo oímos la frase latina mors tua-vita mea (tu muerte, mi vida), un dicho que indica que el fracaso de uno es un requisito indispensable para el éxito de otro. Una reformulación debería ser: vita tua, vita mea (tu vida, mi vida). No es posible derrotar al virus apuntando sólo a intervenciones parciales; para desarraigar su circulación, nadie puede actuar por su cuenta, y mucho menos en detrimento de los demás. La lógica de la reciprocidad se impone ante los numerosos ejemplos de colapso de los sistemas sanitarios y la continua aparición de nuevas variantes del virus. Sin embargo, las vacunas para todos requieren una verdadera cooperación, que supere el “nacionalismo vacunal” y la carrera por los beneficios desproporcionados de las empresas farmacéuticas.

Una segunda razón para asumir este compromiso habla de nuestra conciencia y del sentido de la vida humana. La convivencia sólo es posible si nos comprometemos con un comportamiento de cuidado recíproco, como nos muestran claramente los momentos de mayor fragilidad de la existencia: desde la infancia hasta la enfermedad, desde la discapacidad hasta la vejez. “Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros” (Mt 7, 12): ahí radica la solidaridad y la justicia. El valor intrínseco del cuidado recíproco está en la base del aprecio generalizado por los médicos y las enfermeras, que han puesto en riesgo su vida para cuidar a los enfermos.

Las acciones concretas que se derivarían de estos principios en respuesta a la pandemia son múltiples: gestionar las licencias y las patentes de las vacunas para permitir suspensiones temporales de modo que sea posible la producción en cualquier lugar; desarrollar nuevos modelos de asociación entre los Estados y las empresas farmacéuticas, y el apoyo recíproco a la distribución (incluyendo el apoyo al programa COVAX); apoyar la investigación de nuevas tecnologías para vacunas más estables y, por tanto, más fáciles de transportar y administrar; desarrollar políticas y directrices de precios locales y globales, utilizando incentivos fiscales para reducir la acumulación de recursos en manos de unos pocos, favoreciendo la redistribución para todos; reorientar las inversiones de las armas a la salud. Las empresas no pueden dar prioridad únicamente a los accionistas, sino que deben incluir a todas las partes interesadas, a todos los actores y comunidades implicadas. La creatividad humana debe comprometerse en mayor medida para idear nuevas soluciones, instando a la generosidad y colaboración de todos.

Además de la cooperación efectiva entre los distintos actores internacionales, se podría hacer especial hincapié en los compromisos comunes de las religiones. La sinergia interreligiosa podría apoyar el acceso a una información correcta, evitando noticias imprecisas o engañosas, para reducir los prejuicios sobre las vacunas y aumentar la comprensión de ideas complejas, como la correlación entre la salud personal y la pública, así como los desequilibrios en el medio ambiente, los modelos de desarrollo y los estilos de vida.

El objetivo es superar una “negación suicida”,[1] como afirma el Papa Francisco, y, más ampliamente, alimentar actitudes de confianza y ayuda recíproca, en las que se basa toda convivencia humana constructiva; una verdadera fraternidad universal.

1] Cfr. El mundo que quiero: habla el Papa Francisco
Fuente: Vacunas para todos: mucho trabajo por hacer – Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral (humandevelopment.va)

Imagen de Antoine Mekary | ALETEIA