XXXIII Domingo Tiempo Ordinario 

Mc 13,24-32

Por P. Antonio Escobedo C.M. 

El año litúrgico está próximo a su fin y las lecturas bíblicas nos recuerdan que, desde la muerte y resurrección de Cristo, los últimos tiempos ya han comenzado.  

El pasaje del evangelio de hoy resulta extraño y enigmático para nuestra mentalidad, aunque era frecuente entre algunos grupos judíos y cristianos de la época. No podemos dejar de sorprendernos cuando se mencionan hechos catastróficos como la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá.  

Ciertamente que el lenguaje que utiliza puede provocar desconcierto y temor. Para entender adecuadamente esas imágenes, debemos recordar que san Marcos está adoptando un lenguaje apocalíptico y, por tanto, fue escrita en código y es bastante extraña. Tiende a reflejar el fuerte dualismo del bien en contra del mal. Presenta dramáticas visiones llenas de símbolos (números, colores, y animales) y códigos que deben ser explicados o interpretados. Sería un error entenderlas de forma literal.  

La revolución cósmica, las calamidades y tribulaciones que utiliza este género literario son una forma de expresar la intervención de Dios en la historia y en el mundo. Podemos estar seguros que el evangelista no quiere asustar, por el contrario, él escribe para animar a su comunidad diciéndole que no se deje vencer por el desánimo. En efecto, tal como dice el venerable monje Beda: “En el día del juicio se oscurecerán las estrellas no por la disminución de su ardiente luz, sino por la claridad que llegará inesperadamente de la verdadera Luz, es decir, del Juez supremo cuando venga en toda su majestad”. 

El pasaje del evangelio de este domingo forma parte del “discurso escatológico” del evangelio de Marcos. Se le llama así porque habla de la venida de Jesús en los últimos tiempos. Cuando venga aparecerá revestido con el poder y la gloria de Dios. Lo que no sabemos es cuándo ocurrirá esto. Todo cálculo en este sentido carece de fiabilidad, porque el momento final sólo está en el corazón del Padre. Por tanto, hay que estar preparados. Recalquemos que no se trata de un mensaje para aterrorizarnos sino para alegrarnos por la venida de nuestro Señor. Se trata de confiar más en la Palabra de Jesús que nos invita a vivir en profundidad el misterio divino prestando atención a los signos de los tiempos. 

Para ilustrar esta realidad, utiliza como imagen la higuera que aparentemente está sin vida durante el frío invierno pero en realidad está preparando en silencio la llegada del verano. Recordemos que unos capítulos antes Jesús maldijo una higuera (Mc 11,12-14) y los discípulos obtuvieron una gran lección sobre el poder de la fe cuando descubrieron que la higuera se había secado (Mc 11,20-24). La higuera que menciona este domingo, no se seca, sino que florece, que es una señal de esperanza. Podríamos pensar que el árbol seco es el Antiguo Testamento que está concluyendo y que la higuera floreciente es el Hijo del Hombre que trae nueva vida a la Iglesia. 

Hoy nos toca abrir nuestros ojos y estar alerta, aguardando la manifestación de Jesucristo. Ante esta realidad, ¿cómo entiendo hoy que el Señor viene? ¿Dónde descubro su llegada a mi vida y al mundo? La venida del Señor, ¿es para ti motivo de esperanza o te provoca miedo y angustia?   

Imagen de Barbara Jackson en Pixabay