Por P. Prisciliano Hernández Chávez CORC

Uno de los flagelos que azotan a varias naciones en nuestro tiempo, es el narcotráfico; no es privativo de nuestro país. Lo verdaderamente preocupante son las redes construidas para incidir en los gobiernos o para apoyar el terrorismo.

Se suma la impunidad en delitos que no se denuncian o si acaso esto sucede, difícilmente se esclarece o peor todavía, que se busquen culpables que sean inocentes. Cuántos presos lo están sin el debido proceso y cuya sentencia tarda, meses y, aún años. Justicia tardía, gran injusticia. Cárceles saturadas a veces en condiciones insalubres.

El gran estigma de las fosas clandestinas o de los cuerpos, en México, sin identificación alguna. Familias que sufren estos daños en su vida. Se suman la drogadicción galopante, de barbitúricos inimaginables.

Se puede hablar de una densa oscuridad que entenebrece los horizontes. A esto se suman las posturas que enrarecen el alma: racismos, ideologías campantes, agnosticismos, frivolidades; diversiones o comportamientos que rayan en lo amoral. Cada cual tiene la razón de su existencia, aunque sea sinrazón y una visión más bien ególatra y deconstructiva.

¿Este es el balance del año? Por supuesto que existen lucecitas llenas de verdad, pletóricas de bondad y rezumando belleza.

Tenemos un nuevo comienzo cronológico; puede estar lleno de esperanzas. ‘En cada comienzo hay algo maravilloso que nos ayuda a vivir y nos protege’, sentencia Hermann Hesse.

La luz en la más densa oscuridad, es la mirada de Dios; desde su perspectiva divina, de eternidad, ha entrado en el tiempo, en virtud de la Encarnación y nacimiento de Aquél que es la Palabra y la Luz del mundo, Jesús; quien lo sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.  No es imaginación ni poesía; es fe, como adhesión a esta Luz que nos permite ver con los ojos de Dios humanado. ‘Videntem vídere’, -ver al que ve, según afirmación de San Agustín, quien sostiene que esta es la suprema bienaventuranza. Diríamos, ver al que ve, como ve y desde su mirada amorosa. Solo en esta mirada podemos tener la visión real de las cosas, de las personas y del universo.

No bastan nuestra visión físico-subatómica de la realidad, con el ‘bosón de Higgs o la partícula elemental propuesta por Higgs y otros, para explicar la masa de las partículas elementales de los átomos, más allá de los electrones, neutrinos y otras. Su mirada nos permite abrazar a todos.

La mirada de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, -porque es Madre de la segunda persona de la Trinidad, la ‘Theotókos’, -Engendradora de Dios, como hermosamente la proclamó el Concilio de Éfeso (431). Maternidad vinculada a la fecundidad eterna y virginal del Padre; su mirada nos abraza como a hijos queridos, llamados a ser conforme a la imagen de su Hijo Jesús, hijos en el Hijo. No puede ser de otra manera.

Tres miradas, del Padre, del Hijo de María Santísima que se conjuntan en una chispa eterna de luz incandescentemente divina, el mismo Espíritu Santo, encuentro de miradas tejidas en él, en explosión eterna de amor.

Si es importante la valoración cuantitativa del tiempo, lo es más su valoración cualitativa, ‘llegada la plenitud de los tiempos, cuando el Hijo de Dios, nació de una mujer’ para liberarnos de toda esclavitud ( cf Gál 4,4 ).

Las coordenadas ideológicas, o las visiones inmanentistas del tiempo y sus progresos, no condiciona el proyecto de Dios: ‘el acontecimiento de la Encarnación es el que llena de valor y sentido la historia’, según Benedicto XVI (31 dic 2006).

¿Cómo poseer estas ‘miradas’ fundidas en una sola, para saber ver o poder contemplar la realidad y a las personas, ‘sub specie eternitatis’? El ‘molde’, es la humildad, la transparencia y la honda sinceridad, -por supuesto la santidad de la Llena de Gracia, de la Santísima Virgen María. En ella confluyen la mirada del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo.

Además, necesitamos el proceso de purificación de lo grave y de lo aparentemente insignificante; es decir, limpieza de conciencia, la disponibilidad interior y la gracia previa, acompañante y subsiguiente.

Ante esta densa oscuridad, ‘Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor; y se llamará Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre del mundo futuro, y su Reino no tendrá fin’, -Lux fulgébit hódie super nos, quia natus est nobis Dominus; et vocábitur admirábilis, Deus, Prínceps pacis, Pater futúri saeculi: cuius regni non erit finis (cf Is 9,1.5; Lc 11,33).

Termino con este hermoso himno de la Liturgia de las Horas de España, del 29 de diciembre:

Pues, siendo tan gran señor,
Tenéis corte en una aldea,
¿Quién hay que claro no vea
Que estáis herido de amor?
No es menos de que en el suelo
Hay prendas que mucho amáis,
Pues el temblor que le dais
Jamás le distes al cielo.
Y pues por darle favor
Tenéis corte en una aldea,
¿Quién hay que claro no vea
Que estáis herido de amor?
Esas lágrimas tan puras
Y ese grito enternecido,
¿Qué son sino un subido
Amor regalo y dulzura?
Y pues ya, de amantes flor,
Tenéis corte en una aldea,
¿quién hay que claro no vea
que estáis herido de amor?
Qué grande misterio encierra
Belén; cantadle, criaturas:
“Gloria a Dios en las alturas
Y paz al hombre en la tierra”. Amén.

Imagen de Martin Winkler en Pixabay