Los conflictos violentos han existido desde el principio —el primero fue entre Caín y Abel, hijos de Adán y Eva, y que trajo como consecuencia que el primogénito matara a su hermano (ver Génesis 4, 1-8)—; pero Europa, después de pasar mil años en guerras, este año 2022 iba a cumplir 77 años sin enfrentamientos armados, salvo por el ocurrido entre 1991 y 2001 en el interior de la hoy extinta Yugoslavia.

La guerra entre Ucrania y Rusia, pero que también tiene relación con los 30 países de la OTAN (Organización del Tratado Atlántico Norte), ha iniciado a las 5:45 AM, hora de Moscú, el pasado 24 de febrero, si bien la aprobación del uso de las Fuerzas Armadas rusas en el extranjero se dio con fecha 22 de febrero.

Paz aparente

Pero el que la actual generación europea haya podido disfrutar tantas décadas de paz no significa que sus naciones no intervinieran en acontecimientos bélicos en otras partes del mundo. Por ejemplo, en la guerra de Siria, que ya lleva una década, más de 70 países por intereses egoístas han metido las manos.

Esto ha sido como una segunda fase de la llamada Guerra Fría, que surgió cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, dividiendo al mundo en dos grandes bandos, uno liderado por el imperialismo ruso soviético, y el otro por el imperialismo estadounidense.

La gran perversión de ese tipo de guerra es que las superpotencias no llegaban a enfrentarse en sus propios territorios, por lo que sus poblaciones no eran directamente afectadas, sino que las luchas armadas se promovían y financiaban en otros países.

Desde el año 1000 d.C. al 2000 han muerto unos 148 millones de personas en guerras.

Hasta la primera mitad del siglo XX, 9 de cada 10 víctimas eran soldados; y desde la segunda mitad de dicho siglo hasta lo que va del actual, 9 de cada 10 víctimas de los conflictos armados son civiles.

Estos escenarios llevan a preguntarse: ¿Hay una condición humana guerrera? Es decir, ¿los hombres, por su naturaleza, no pueden prescindir de la guerra?

Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, consideraba que hay un estado natural por el cual el hombre, movido por el temor o el deseo, entra en relación con otros hombres iguales en una guerra de todos contra todos; pero que luego pasó de ese estado natural a una sociedad artificial al otorgarle el monopolio de la violencia a una autoridad superior.

Y Norberto Bobbio, filósofo italiano del siglo XX, señalaba que “la guerra y la política son dos hechos estrechamente vinculados: no existe la una sin la otra”.

Pero los antropólogos Douglas Fry y Patrik Söderberg, de la Universidad Abo Akademi en Vasa (Finlandia), niegan que la guerra sea inherente a la condición humana. Investigaron a las sociedades de cazadores-recolectores, que es el modo de vida del 90% de la historia humana hasta que se desarrolló la agricultura hace 10 mil años.

Tras estudiar las agresiones letales en 21 sociedades, los antropólogos encontraron que casi dos tercios de las muertes totales se dieron por accidentes, conflictos intrafamiliares o motivos personales entre dos miembros de la comunidad. O sea que apenas existen casos de agresión contra otras sociedades por recursos o conflictos políticos.

Y concluyen: “Estas sociedades son en gran medida pacíficas”, por lo que la guerra sería un concepto relativamente nuevo y no una parte integrante de la condición humana.

TEMA DE LA SEMANA: «¿PUEDE LA ORACIÓN DETENER LA GUERRA?»

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de marzo de 2022 No. 1391

Por favor, síguenos y comparte: