P. Fernando Pascual

Numerosos artistas nos han legado un patrimonio de obras que hoy son objeto de admiración y de estudio por parte de millones de personas.

Esas obras (pinturas y esculturas, por ejemplo) suelen estar custodiadas en museos o estructuras que, por un lado, garantizan su conservación; por otro, permiten al público poder contemplarlas.

Sin embargo, como toda realidad humana, las obras de arte están sometidas al desgaste del tiempo y, en ocasiones, son objeto de actos de vandalismo.

Es difícil comprender cómo algunas personas o grupos organizan actos para dañar, incluso para destruir, obras de arte de un valor incalculable.

El extraño fenómeno del vandalismo contra un cuadro o una estatua se explica, en buena parte, por ese misterio del corazón humano, capaz de tomar decisiones que van contra bienes importantes.

Intuimos que no existen motivos válidos ni reivindicaciones que justifiquen el ataque a una obra de arte, porque no se arreglan males del mundo a través de otros males.

Por desgracia, no solo hay acciones contra obras de arte, sino que la historia humana está saturada de acciones contra inocentes, víctimas de violencias desencadenadas incluso bajo la “excusa” de que así se lograban metas “justas”.

Frente al daño que producen acciones vandálicas contra el patrimonio artístico de la humanidad, y contra seres humanos concretos, hace falta reconocer que la justicia solo debe ser defendida con la misma justicia.

La noticia de un acto de vandalismo contra un cuadro moderno o contra una estatua del mundo antiguo llevará, como parece obvio, a mejorar los sistemas de seguridad para que no se produzcan acciones parecidas.

Al mismo tiempo, si de verdad amamos la justicia, tiene que llevar a la búsqueda de modos concretos para defender a seres humanos inocentes, desde antes de su nacimiento hasta que les llegue el momento de la muerte, porque siempre será más importante la vida de las personas que la tutela de obras de arte de importancia.

 

Imagen de Ben Kerckx en Pixabay


 

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